Crónicas urbanas

El fracaso de un hombre exitoso

Humberto Ríos Navarrete

Mañana lunes Ranulfo Rafael Santoyo y Roja cumplirá 100 años y aún tiene la mente lúcida, pues recuerda sus inicios como emprendedor y una ascendente carrera que lo llevó a Fráncfort, Alemania, donde adquirió una fábrica; pero un día todo se derrumbó y solo esperó la llegada de los representantes de banqueros que le habían prestado una suma de dinero que no pudo pagar. Estaba recostado en su auto último modelo.

Dos veces le habían prorrogado la deuda quienes lo acompañaron a cerrar el trato en un restaurante de la Zona Rosa, de moda en aquellos años de pujante economía, pero llegó el momento que no quedó más opción que entregar su auto, una residencia y la maquinaria que aún ensamblaban los técnicos alemanes que la multinacional había enviado a Xalostoc, Estado de México, donde había construido las naves industriales.

El hombre, ahora de figura delgada y erguida, paso cansino y alisado pelo blanco de corte impecable, trae un audífonos. A veces no recuerda fechas exactas y prefiere referir las décadas en las que ocurrieron los hechos que marcaron su vida en la colonia Hipódromo de Peralvillo, donde nació el 27 de mayo de 1919. Todo estaba cerca: La Merced, a la que iba con su madre en una calandría, y el tranvía que lo transportaba al Palacio Postal.

Empezó a trabajar como office boy —mensajero— en una empresa estadunidense que fabricaba cables, y aprendió a relacionarse y observar cómo trabajaban, para después instalar su propio negocio, que creció y se convirtió en una de las cuatro distribuidoras más importante del país, desde el DF hasta Nuevo León, pero años después vino lo que él llama “el fracaso”.

El término “fracaso” lo menciona casi al final la historia, que de vez en cuando apuntala su esposa Oliva, y lo narra sin distribuir culpas. Ha pasado tanto tiempo. Lo que sí hay en él es un dejo de nostalgia de una larga época que tiene muy grabada en la memoria.

***

Los padres de Ranulfo Rafael Santoyo y Rojas eran de Irapuato, Guanajuato, pero se trasladaron la capital del país, donde con otros dos hermanos y una hermana: una casa ubicada entre las calles Mascagni y Tetrazzini, colonia Ex Hipódromo de Peralvillo. Él tenía 4 años de edad.

Eran los años veinte. Había llanos. Sus padres tenían una tienda de abarrotes a la que bautizaron como El Progreso. El tipo de transporte eran carruajes tirados por caballos. Los usaba la madre de Ranulfo Rafael para trasladarse a La Merced. El pasaje costaba 50 centavos. En los años treinta llegó el carro Ford, que arrancaban con una manivela.

Su madre murió a los 33 años, cuando él tenía 10. Entró como peón en la empresa General Popo, donde le propusieron pagar sus estudios, pero les dio las gracias y dijo que no.

Y no quiso porque su hermano mayor le consiguió empleo en La Consolidada, la fundidora más importante. Fabricaban tornillos, varilla corrugada, muebles. Estaba en Calzada de La Ronda 88, frente a lo que ahora es Tlatelolco. Estudiaba en la preparatoria nocturna en San Ildefonso. Asistía dos horas por la mañana y tres por la noche. Después ingresó a Ciencias Químicas del IPN, pero a los dos años dejó la carrera.

En la fundidora era mensajero y su hermano contador. Usaba el tranvía para depositar y recoger la correspondencia en el Palacio Postal, entre la avenida San Juan de Letrán y calle Tacuba. Santoyo y Rojas andaba en los 14 años. Su horario era de 9 de la mañana a cinco de la tarde. Así estuvo tres años. El tesorero observó que era muy listo.

Entonces le propusieron un nuevo empleo, pues iba a llegar una nueva máquina al departamento de Contabilidad. Ganaba 15 pesos al mes como mensajero y el nuevo trabajo le ofrecían 75 más. No los aceptó. Estaba en el Departamento de ventas y quería ser vendedor. El abogado general de la empresa se arrancaba los pelos de la cabeza.

“¿Cómo es posible que no quieras mejorar?”, preguntaba el abogado, pero Santoyo respondía que su interés era revisar precios y aprender a vender. Su visión estaba en otro punto. Y ahí se quedó. Pasaron los años. Un día empezaron a llegar nuevos jefes de Nueva York. Santoyo estaba en su escritorio cuando uno de los recién llegados lo señaló y dijo: “A ese muchacho lo quiero de subgerente de ventas”.

Era Justin Condon. Este hombre sabía todo sobre Santoyo. Por eso lo asignaron como ayudante del gerente de Conductores Eléctricos, quien le encomendó estar en contacto con las compañías Federal de Electricidad, Luz y Fuerza del Centro, Luz y Fuerza de Monterrey, Hidroeléctrica de Amacuzac y Luz y Fuerza de Hermosillo.

El trabajo de Santoyo era sugerir el tipo de alambres que se debería usar. Y empezó a desarrollarse en él lo que llamó “una lombricita”. Y se dio cuenta que solo había una compañía en el mercado que fabricaba cable de plomo y había mucha demanda. Estaba en Puebla. La pregunta de por qué era la única revoloteó en su mente. "Es imposible, no puede ser".

Y así empezó todo.

***

Para entonces Santoyo ya había dejado la Escuela de Ciencias Química. “Ya me gustaba el dinero”, recuerda.

Un día llegó de Puebla Lázaro González. Lo había contactado y ahora se hacía presente en La Consolidada. El visitante le dijo que ya tenía el nombre de quien le haría la máquina. El costo era de 15 mil pesos. Una fortuna. Tenía que conseguir un torno y una prensa de 100 toneladas, un quemador, una pequeña nave, una parrilla eléctrica y una cama.

Todo era para el ingeniero con el que llegó González. “No quiero que me molesten; sólo contrate a alguien que me sirva de comer y yo le aviso cuando esté montada la máquina”, le dijo y así fue, mientras ingresaba en un domicilio de la calle Dr. Barragán, donde había rentado una nave. Era la década de los 40 y el dólar estaba a 2.50.

Mes y medio se tardó el ingeniero. Santoyo compró un terreno en la colonia Santamaría Insurgentes y ahí montó la pequeña fábrica, pero se le acabó el dinero para pagar un carpintero y le ofreció pagarle con su auto. Quedó todo y empezó a comprar plomo en Tepito. El plomo puro, a peso el kilo; el desperdicio, a 10 centavos.

Producía alambres de plomo de cien metros. Le surtía a grandes empresas. Su única competencia, la de Puebla, cerró. Nunca aceptó convenio. “El único que mandaba en el mercado era yo”, recuerda este hombre que después enviudaría. En el año 1972 cuando se casó con Oliva, menor que él, a quien conoció en una boda en la colonia Juárez. Ya estaba quebrado.

En su negocio tenía 20 trabajadores por tres turnos. “Me engolosiné con el plomo”, recuerda Santoyo, quien en los años 40 viajaría Fráncfort para comprar la fábrica. Le habían dicho: “Te vamos a autorizar cartas de crédito con vencimiento a 90 días; si no puedes, te lo renovamos”.

Pero no pudo abonar.

Y perdió todo.

Entonces se refugió con parientes. Hace unos meses la única hija llevó a sus padres a su casa, en la colonia Del Valle, pues con la edad de él corría el peligro de caerse donde vivía, en Azcapotzalco, una propiedad que intentaron vender, pero les dicen que no aparece en el Registro Público de la Propiedad y de Comercio.

OPINIONES MÁS VISTAS