Crónicas urbanas

Supertaxista se surte en tlapalerías

Humberto Ríos Navarrete

Este taxista, de 81 años, ha enviudado tres veces; para no estar solo se juntó con una mujer de 30; hombre prevenido, prefiere abastecerse de gasolina blanca en tlapalerías, aunque sea mucho más cara, antes que perder el tiempo en colas. El gasto lo acabala como cantante, pues tiene cuatro bocas más que mantener. Se llama José, pero sugiere que le digan Pepe, pues es cantante de un trío que heredó el nombre afianzado en la época de oro del bolero.

Esta perla negra rodaba por la colonia Roma, alcaldía de Cuauhtémoc, y en lugar de preguntar sobre el destino de los pasajeros, luego de que abordaran el auto, avanzó despacio mientras escudriñaba fachadas de comercios. Buscaba gasolina. Intentaban decirle que iban a una colonia de Azcapotzalco, pero esperaron a que avanzara. De pronto, giró hacia la izquierda y comentó que le habían informado que por el rumbo había una tlapalería.

De buen carácter y sonrisa ligera, el hombre prefirió sonreír en lugar de maldecir las incomodidades que ha provocado la escasez de combustible. Frente a cada semáforo rojo, Pepe frenaba y apagaba el motor; lo prendía cuando volvía el tono amarillo, sin dejar de conversar; al contrario, a veces interrumpía la plática, solo para desgranar un chascarrillo.

Terminó de rodear las dos cuadras y se detuvo frente una tlapalería. Apagó el motor, sacó la llave y bajó. Lo hacía de manera tranquila. Andaba en mangas de camisa y traía una corbata mal anudada.

Se apersonó en el aparador y regresó al auto, sacó un bidón de la cajuela, volvió a la ferretería, le despacharon y retornó después de diez minutos. Desenroscó el tapón del tanque, colocó la boquilla de un envase de refresco grande cortado a la mitad y comenzó a vaciar la gasolina. Se le preguntó si quería ayuda, pero dijo que no, gracias; terminó, cerró la cajuela, se puso al volante y avanzó sereno, satisfecho, sin prisa y sonriente.

—Entonces ahora tiene que buscar tlapalerías.

—Ayer y antier la compré después de salir de un evento, porque yo soy cantante de un trío —dijo el nombre—. O sea, ellos con su número y yo con mi número; yo mis canciones y ellos con sus canciones.

Es un hombre es feliz.



***

El auto cruza la Zona Rosa y Paseo de la Reforma. Enfila hacia la avenida Marina Nacional. Pepe no deja de platicar. Dice que tiene un año como integrante del trío, y lanza una carcajada mientras escucha la pregunta sobre el tipo de instrumento que toca. “Yo nada más canto —comenta—, porque solo toco la puerta de mi casa”.

Le gusta cantar desde que iba a la primaria. Creció y se inclinó por interpretar boleros románticos y rancheros. Tiene más de 20 años de taxista, pero en 2006 fue asaltado en Texcoco, Estado de México, y lo dejaron moribundo, pues el delincuente lo acuchilló. Respira profundo al recordar su tragedia y pasa el índice por la frente como si limpiara el sudor.

“Me retiraron años por las heridas graves que me hicieron”, recuerda, para luego informar que está a punto de vender un departamento en la colonia Campestre Aragón, ahora deshabitado, pues vive con su esposa, “de 30 años”, en Ciudad Azteca, dato que sorprende a sus clientes.

—¿Treinta años? Es usted un galán.

—Y la tomé con tres hijas —se jacta— de su pareja anterior. Ella, de 30 años; las niñas tienen 10, una, y una parejita de gemelas de 9 años.

—¿Es usted viudo?

—Tres veces.

—Y tiene hijos mayores.

—Sí, tengo 12, pero el más chico, de 38 años, me está peleando el departamento. Y a la otra, la mayor, de 60, le heredé una casa en Paseos de Churubusco, cerca de Plaza Tezontle. En Iztapalapa.

—Es una buena zona.

—Pues esa hija es odontóloga —sigue comentando, sin descuidar el volante— y su mamá me pidió, antes de morir, que le dejara la casa que le iba a dejar a ella; el otro es el más chico, que no terminó la carrera de Ciencias de la Comunicación, pero es estilista y está como asesor de una empresa. Es un cerebrito. Los dos solterones viven en la casa.

— A cada quien le dio casa.

—Sí, nada más que este muchacho se casó y otra vez se vino a vivir con suuu-ma-má, hace cuatro años, después de haberse separado de su pareja. Yo viví con otra mujer, a la que le puse casa en San Vicente Chicoloapan. Nomás que a esa pareja le dio cáncer de mama y me pidió que nos dejáramos, que porque ya no me iba a gustar así. Entonces vendí las placas del taxi que me robaron y le compré la casa.



***

El taxi desciende un puente de Parque Vía y gira a la derecha, para entrar a la colonia Clavería, por indicaciones de los clientes, y retoma la plática sobre la compra de gasolina blanca que, en medio de la crisis de desabasto, subió demasiado de precio.

Empezó costándole el litro 23 pesos, pero, al paso de los días, ha subido hasta 45, mientras que la premium es de 21.70. “Están haciendo negocio los que venden esta gasolina”.

—O sea...

—Yo la compré —durante el pico de la crisis— a 23 pesos en Casas Alemán. Estaba formado para la gasolina, pero como tenía un evento con trío, teníamos que irnos para estar a las 12 y tuve que salirme; entonces vi una casa que decía “pintura” y le dije: “Deme cinco litros de gasolina blanca”. Me despachó y me cobraron 115 pesos. Después me costó 33 pesos.

—Ha ido aumentando.

—De 23, en Santa Úrsula, en un inicio, me la dieron a 30; compré cuatro litros y fueron 120 pesos. Dejé a mis compañeros y encontramos otra tlapalería y me la dieron a 33 pesos. Donde vivo con mi señora, en Ciudad Azteca, me la pusieron en 38 pesos. Esa gasolina sirve para desmanchar ropa en tintorerías y la usan carpinteros.

—¿Y ha comprado de la otra?

—Ayer cargué de esa gasolina, porque le pregunté a otro taxista dónde estaban vendiendo, estábamos cerca de la avenida Chapultepec, y me dijo: “Vente aquí, a la colonia Guerrero, están despachando y no está grande la cola”. Había 20 carros delante de mí. Le eché 20 litros. Fueron 210 pesos. Cerca de La Única de Guerrero. Pero es cosa de buscarle.

Y terminó el viaje.

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