Crónicas urbanas

"Toques", cúter y cuchillos

Humberto Ríos Navarrete

La mayoría inhala solventes. Es una sustancia que los entorpece. Es lo más barato para ellos. Pocos fuman mota, cuyas madejas de humo a veces son absorbidas por bocas del Metro, pues muchos acampan cerca de ahí. Algunos han sido asediados y heridos, incluso asesinados.

Entre los sin techo también rueda la llamada piedra o crack —clorhidrato de cocaína y bicarbonato sódico—. Era la que fumaba El Flaco, quien desapareció el pasado 11 de agosto. El día 24 su cuerpo fue descubierto con dos cuchilladas en el cuello, otra en el tórax y dos en los riñones.

El Flaco era como los demás: cruzan calles y torean autos. La mayoría se dedica a limpiar parabrisas o a vender caramelos. Casi todos duermen en recodos, bajo techos de mercados, muros exteriores del Metro o inmuebles abandonados. Pocos se hospedan en hoteles baratos.

Por las noches cruzan las calles como fantasmas. En algunas partes son escoltados por un perro que aporrea las pulgas con sus patas mientras se acurruca frente a ellos; luego, mantiene las quijadas sobre sus patas y se convierte en centinela. Abre un ojo y cierra el otro. Le comparten alimentos.

Desde hace unos cinco meses, solo en la delegación Cuauhtémoc, entre 25 y 30 de ellos han sido heridos con cúter y cuchillo. Algunos son marcados en el vientre. El cúter no lo hunden tanto. Solo por encima. El que agredió a El Flaco, sin embargo, fue más allá.

Su compañera, de 22 años, identificó el cadáver; se dedicaba a limpiar parabrisas; según el acta ministerial, estudió hasta el tercer año de primaria y habitaba en un hotel ubicado en la calle de Wagner, colonia ex Hipódromo de Peralvillo. Afuera de ahí lo asesinaron.

—¿Por qué ha crecido la agresión entre ellos? —se le pregunta a Martín Pérez, responsable de la Oficina de Atención a Personas en Situación de Calle en la delegación Cuauhtémoc.

—Muchas ocasiones —explica— llegan chicos que han estado dentro de los reclusorios y con el nuevo sistema penal salen y quieren mover a todos los demás; entonces, se juntan en grupitos, o sea, los que se sienten más fuertes que los demás, y es cuando agreden.

***

Martín Pérez conoce de cabo a rabo la delegación Cuauhtémoc, sobre todo las zonas en las que se mueven personas en situación de calle, pues su labor es brindarles ayuda, y lo hace con entusiasmo. Es muy conocido entre esa población. Algunos, en especial mujeres, han dejado de consumir drogas gracias a sus consejos.

Sabe que varios han sido agredidos con armas punzocortantes, y que resisten con temple mientras esperan la ayuda. Esto y más ha atestiguado Pérez, quien los lleva al hospital público Gregorio Salas.

Ahí son atendidos. Lo que llama la atención de este hombre, con más de 25 años en esa labor, es que la violencia ha crecido contra ellos.

Entre 25 y 30 oscila el número de personas agredidas. “Muchos son golpeados; a otros les abren el estómago, los pican”, describe Pérez. “Últimamente se ha visto que hay riñas entre ellos, pues vienen de otros puntos y los agreden hasta donde pernoctan”.

—¿Por ejemplo?

—Apenas encontré a uno que lo picaron en el riñón y el ataque le salió hasta el estómago. Me sorprendí mucho porque dije: “Híjole, son de hule”. Es una cuestión tremenda el hecho de que digas: “Son de hule”, porque... se salvan y uno apenas si se corta tantito y se asusta, ¿no?, Ellos no, tienen unas cortadas tremendas, heridas, lesiones y andan como si no les pasara nada.

—¿En qué zonas?

—En la colonia Guerrero y parte del Centro Histórico. Hace poco hubo uno en las calles de Alzate y Guerrero; otro, por el Teatro Blanquita; otros más allá por La Lanchita; otro, en plaza La Aguilita, ahí por San Pablo...

—¿Qué tipo de armas usan?

—Regularmente traen cúter. Les alcanza a abrir el cuero del estómago. En ocasiones se mueven a los campamentos y los mismos compañeros piden el apoyo para que llegue la ambulancia.

Otras calles donde son comunes las riñas, de acuerdo con reportes oficiales, es en Humboldt y Artículo 123, esquina con Balderas. En esta zona se les ha visto discutir mientras se tambalean o acampan como zombis a pocos pasos de un establecimiento de pizzas.

Hace meses en esa esquina uno de ellos rompió una botella y se la encajó a otro en el ojo. Usó como cuchara la punta y lo dejó tuerto.

—¿En qué momento saben de una agresión?

—Nos hablan los vecinos de que se están agrediendo y acudimos al espacio; a veces alcanzamos a ver el problema y trato de meterme para separarlos, para que controlen su ira, pero muchas ocasiones es imposible meterte, porque hasta tú mismo la andas llevando.

***

La mayoría es limpiaparabrisas o compran bolsitas de paletas para vender, otros se emplean como cargadores en los mercados. Entre ellos hay mujeres, pocas, y son las que más han logrado reintegrarse.

Y aquí están, en la desvencijada oficina de Martín Pérez, la viuda y la madre de El Flaco, cuyo cadáver fue encontrado desnudo en un lugar conocido como La Ronda, cerca de Tlatelolco. El Flaco fumaba piedra.

Les acaban de informar que el cuerpo está en el Instituto de Ciencias Forenses. La viuda debe llevar una identificación del INE para comprobar que fue su pareja. También le servirá para que le den un papel oficial, dice Pérez, quien realizará el trámite para que reciban ayuda de una funeraria.

Poco menos de mil pesos costará el sepelio. La viuda quiere velarlo. Por lo menos dos horas. Pérez se compromete a hablar con el administrador del cementerio donde será sepultado.

La viuda dice que tiene un niño de 4 años. Martín sugiere que sea discreta con el niño, pero ella revela que en la estancia infantil los compañeritos le dijeron que su papá ya se había ido al cielo.

Ella comenta que el pequeño le preguntó: “¿Que mi papá se fue al cielo porque ya se murió? Yo lo quiero ver”.

Por eso la joven viuda pide la oportunidad de rezarle, junto a su suegra, aunque sea dos horas en el cementerio. Y más: le ruega a Martín que la ayude a cambiar a su hijo de estancia infantil.

—¿Por qué?

—Porque tengo miedo.

La mujer sabe que Martín Pérez hará todo lo posible. La petición lo deja pensativo mientras en su rostro se refleja cierta preocupación.

Ya es tarde-noche.

—Así es siempre —dice Martín.

Afuera cae un aguacero.



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