Columna de Jesús Ibarra Cárdenas

Políticos profesionales vs activistas de la política

Jesús Ibarra Cárdenas

Ya sea porque así lo exige la naturaleza diabólica de la política (tesis de la satanización), porque se requieren habilidades especiales que sólo se adquieren con la experiencia y desde adentro (tesis de la astucia), o porque el comportamiento político se guía por una ética de los fines y no de los medios (tesis de los fines), algunas voces nos advierten que los recientes nombramientos de activistas en los gobiernos municipales sólo retrasarán el cambió hacia una mejor metrópoli; “los perdimos” afirman. Demasiada bondad, poca experiencia en las malas artes, o la incongruencia de pasar al lado oscuro del poder, agrupan los dardos que lanzan desde la convicción de que la política es de profesionales; no es cosa de la ética, de las buenas personas o de las utopías. Esta postura reaccionaria, reduce la política a buenos (los ciudadanos) y malos (los gobiernos), y pierde de vista que en democracia el valor está en la inclusión, no en la eficacia.

Si este argumento no fuera convincente, habrá que atender a la debilidad de las tesis arriba señaladas. La tesis de la satanización se derrumba al ser poco realista; el que las acciones nada escrupulosas sean recurrentes en la vida política no significa que no haya espacio para hacer lo correcto. Si uno de los nuevos funcionarios municipales claudicara en su responsabilidad pública señalando la obviedad de que el ámbito de la política está dominado por intereses oscuros y personales, sería por causa de su ambición, y no porque el gobierno municipal hubiera consumido su energía crítica a golpe de nombramiento.

Por su parte, la tesis de la astucia explica muy poco del éxito de los políticos profesionales; nos encontramos que abundan los políticos de toda la vida en cargos públicos de alto nivel (hasta en el más alto), con la más mínima astucia para limitar los problemas. El azar y la ocurrencia han impulsado más carreras políticas exitosas que las habilidades palaciegas de muchos aspirantes. Pero incluso aceptando que la política es el reino de la astucia y las conveniencias, no hay por qué renunciar a la distinción entre acciones astutas buenas y acciones astutas malas. Si uno de nuestros activistas metido a político juega a la prudencia, evita señalar, y justifica la ilegalidad o el abuso, será por su complicidad y talante corrupto, no porque pasó de la calle al escritorio.

Finalmente, la tesis de los fines según la cual el político profesional atiende a las consecuencias y no a los medios, dista mucho del comportamiento de nuestros representantes populares y sus equipos administrativos. El reproche más bien es al contrario; tener un gobierno que decide encuesta en mano según la popularidad de sus acciones. De hecho, a la propuesta de revocación de mandato de Movimiento Ciudadano le amenaza ese riesgo populista. No estaría mal que nuestros nuevos servidores públicos trabajarán más por resultados que por el aplauso y la ovación.

Si queremos una nueva forma de hacer política, un buen inicio es incluir a las voces disidentes en la toma de decisiones y en el ejercicio de los presupuestos, si son congruentes con sus convicciones actuarán haciendo lo correcto, eso será lo políticamente correcto, sino, tal vez estábamos ante políticos disfrazados de activistas y no nos habíamos dado cuenta.

Jesús Ibarra Cárdenas

Profesor-investigador del ITESO

jibarra@iteso.mx

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