Melancolía de la Resistencia

Máscaras

Jordi Soler

La máscara oculta el verdadero rostro del luchador pero cuando, como en el caso del Santo, la máscara es más famosa que el rostro, ésta termina siendo su verdadera cara.

Cuando yo era niño vi al Santo, un sábado en la noche, en el momento en que se bajaba de un coche largo y negro, en la puerta de la iglesia de San Antonio, en la Colonia Nápoles. Supe que era el Santo porque llevaba puesta su famosa máscara plateada, es decir, su rostro expuesto, que contrastaba con el elegante traje oscuro que vestía, pues iba como invitado a una boda. El Santo entró en la iglesia y ante la mirada de incredulidad de todos los asistentes, recorrió el pasillo hacia el altar y ocupó el lugar que le tenían reservado en el centro de la primera fila, en un sitio muy visible. Esto lo sé porque lo vi, me metí a la iglesia detrás del luchador y estuve ahí observándolo durante toda la ceremonia.

El Santo fue con máscara a esa boda porque los novios lo habían invitado a él, no a Rodolfo Guzmán Huerta, que era el nombre del hombre que se escondía detrás de la máscara y, si en lugar de la máscara hubiera entrado a la iglesia el rostro de Rodolfo, los novios se hubieran sentido muy decepcionados.

Una vez el cantante irlandés Bono me dijo que siempre usa gafas oscuras, no para ocultarse, sino para que la gente lo reconozca así, con gafas; de esa forma pasa desapercibido cuando se las quita. Las gafas oscuras del cantante son como la máscara del Santo, son el distintivo del rostro verdadero que todo el mundo conoce.

En otra ocasión vi al Santo en un programa de la tele, era el invitado de un show de variedades y en algún momento, no recuerdo con qué motivo, el conductor animó a una niña, que era parte del público, a pedirle algo al Santo, una foto, una capa, la técnica para ejecutar la Hurracarana, pero la niña le pidió lo que todos los niños de México deseábamos que le pidiera: “que te quites la máscara”, le dijo. El Santo se hizo de rogar pero al final accedió, hubo un redoble de tambor en lo que se desanudaba el cordón que cerraba la máscara por detrás y una vez que consiguió soltarlo invitó a la niña a que ella misma le quitara la máscara, lo cual hizo con un nerviosismo que la hacía temblar, un nerviosismo que era el de todos nosotros. Cuando la niña empezó a quitarle la máscara todos vimos, incrédulos y decepcionados, que debajo El Santo llevaba otra máscara, y la niña ya no siguió adelante pero, quizá, debajo de esa máscara había otra, y luego otra, y así hasta convencernos a todos de la verdad, de que esa máscara era su verdadero rostro.

La máscara era el verdadero rostro del Santo, de la misma forma en que el pasamontañas es el rostro verdadero del Subcomandante Marcos y el antifaz el del Zorro; sin ese accesorio, ninguno de los tres es el que es, aun cuando los accesorios son muy distintos entre sí: la máscara cubre todo el rostro, mientras que el pasamontañas deja a la vista lo único que cubre el antifaz.

Rodolfo Usigli, autor de la famosa y muy aguda obra teatral El gesticulador, escribió en 1952, un interesante ensayo que tituló “Rostros y máscaras”. Este ensayo fue escrito hace casi 70 años, cuando el concepto de máscara estaba de moda entre los que buscaban definir el alma nacional; hacía dos años que Octavio Paz había publicado “Máscaras mexicanas”, que es uno de los capítulos de El laberinto de la soledad.

La máscara de Usigli no es la que llevaba El Santo, sino la máscara metafórica, la otra cara que tiene una persona para ocultar su verdadera cara. La palabra latina persona, y la griega prósopon, se refieren a la máscara que llevaba el actor cuando estaba sobre el escenario; lo cual redondea la idea. Escribe Usigli: “El mexicano es hipócrita en el sentido helénico, es decir, actor, y necesita resistir el aire de la realidad con una máscara”.

Usigli abre fuego en su ensayo con esta declaración: “La tragedia de México, hasta ahora, y por ello la tragedia del mexicano, reside por igual en todo lo que oculta, porque (eso) lo exhibe, y en todo lo que exhibe porque (eso) lo oculta”. El punto de partida del ensayo de Usigli son las primeras líneas del ensayo de Paz: “Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa”.

Usigli propone tres máscaras para el mexicano: la del indio que es “una gran máscara de silencio”, “sin otra mirada que la de la piedra, como si tuviera los ojos vueltos hacia adentro y se buscara”; la del mestizo, que es “una máscara de alarido, contorsión y gesticulación, digna de mejor teatro, que perturba el silencio natural de la meseta”; y la del criollo, “una máscara de superioridad, de civilización y de cultura, tan pesada que, como las máscaras y los peplos de los actores griegos, limita y pondera su movimiento y su acción”.

Después de repartir el México de aquellos años en tres máscaras, Usigli sostiene que lo que más se parece al verdadero mexicano es el político, “porque a falta de un rostro tiene dos máscaras; porque posee por igual el sentido de la creación y el sentido de la destrucción y los dos libran batallas increíbles en su ánimo, nadie más poseído a la vez por el bien y por el mal, nadie más equilibrado en la alternación de sus facultades”.

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