Melancolía de la Resistencia

Viaje a la otra realidad

Jordi Soler

En agosto de 1844 Edgar Allan Poe publicó, en la revista Columbian Magazine, un relato titulado “Revelación mesmérica”. El relato de Poe es hijo de su tiempo, comienza así: “Aunque la teoría del mesmerismo esté aún envuelta en dudas, sus sobrecogedoras realidades son ya casi universalmente admitidas”.

El mesmerismo era una doctrina, articulada por el médico francés Franz Mesmer, que curaba, eso decía el doctor, pacientes a partir de la sugestión, era una especie de hipnosis que aprovechaba la energía del magnetismo animal, que tienen los cuerpos vivos, para reparar el organismo.

La historia que nos cuenta Poe es la de un doctor mesmérico que visita a Mr. Vankirk, paciente tísico que, durante un trance hipnótico, revela la experiencia interior de una persona mesmerizada, “que percibe con agudeza y refinamiento, y por vías presuntamente desconocidas, cosas que están más allá de los órganos físicos”. La intención de este doctor es hurgar en la otra realidad, la realidad aparte que con tanta tenacidad perseguía Carlos Castaneda y que, sintomáticamente, coincide con la otra realidad de Poe y con la de otros exploradores que han logrado asomarse al otro lado y han visto ese otro mundo que existe simultáneamente en este.

El doctor del relato de Poe conseguía que otras personas se situaran en esa realidad aparte, a la que él no tenía acceso porque era una modalidad fallida de chamán, un chamán a la inversa que no viajaba al otro mundo para interceder por sus pacientes, sino que los enviaba a ellos directamente, solos, sin ninguna clase de apoyo ni en el trayecto ni en la llegada al otro lado de la realidad. Este doctor, que en el relato se identifica con la letra P, ¿de Poe?, pregunta cosas a su paciente una vez que este ha cruzado al otro lado, a esa zona de la realidad a la que han accedido infinidad de personas, con pases mesméricos, pero también con drogas, o con esa técnica demandante y tortuosa que enseñaba el brujo yaqui Juan Matus, y que permite abrir las puertas de la percepción que veía Aldoux Huxley y celebraba Jim Morrison, desde la fina línea que divide la noche del día, cada vez que, reconvertido en el Lizard King, cantaba su hechizo: break on through to the other side, decía el rey, y su reino completo ponía un pie del otro lado de la fina línea.

Aldous Huxley veía en el cerebro humano un filtro de la realidad, que es múltiple, diversa, compleja, demasiado rica para que la capten los modestos receptores que tenemos en el cuerpo.

Pero estábamos en el relato de Allan Poe, en el momento de las revelaciones del paciente que son, durante largas parrafadas, una disertación de aires filosóficos tan densa, tan seria y tan veraz que en su tiempo confundió a críticos y lectores que aseguraban que se trataba de una historia real, de una experiencia que había tenido y anotado el mismo Poe, no de un cuento sino de una crónica, del reportaje de unos hechos que habían tenido lugar.

Según cuenta Julio Cortázar, en una nota biográfica que hizo del escritor, Poe tenía una acusada propensión hacia lo sobrenatural, nació en Boston pero, por una cadena de infortunios, creció en Virginia y se convirtió en un caballero del sur, en medio de una pintoresca constelación que perfila Cortázar: “Las nodrizas negras, los criados esclavos, un folklore donde los aparecidos, los relatos sobre cementerios y cadáveres que deambulan en las selvas, bastaron para organizarle un repertorio de lo sobrenatural”.

Aquella propensión que dejó en el escritor su vida virginiana, se afinó durante una larga estancia en Irvine, Escocia, donde lo llevaron sus padres adoptivos; ahí, mientras asistía al colegio, el poderoso folklore del país abrió nuevas vías en su imaginación.

Quizá por ser un viajero frecuente a la otra realidad, Poe escribió cuatro condiciones para la felicidad llenas de sensatez: el amor de una mujer, la vida al aire libre, la ausencia de toda ambición y la creación de una belleza nueva.

En el relato que nos ocupa Poe describe un panorama, narrado por su paciente mesmerizado, con los elementos característicos de quién ha visto o percibido la otra realidad, pues habla de los cuerpos que hacen vibrar al éter luminoso, de la luz producida por un movimiento veloz, algo muy parecido a lo que escribiría, más de cien años después, en su libro Una realidad aparte, Carlos Castaneda, un antropólogo de mediados del siglo XX sin ninguna relación con la doctrina mesmérica. Después de contemplar asombrado la luminosidad de don Juan, dice Castaneda: “No era luz como estoy acostumbrado a percibirla, ni siquiera un resplandor; más bien era movimiento, el parpadeo increíblemente rápido de algo”.

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