Agua de azar

Alfombra de claveles

Jorge F. Hernández

Impulsado por la Embajadora Roberta Lajous y el doctor Enrique Márquez, director ejecutivo de Diplomacia Cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores, he aceptado la invitación del canciller Marcelo Ebrard para asumir el cargo de agregado cultural de la Embajada de México en España y director del Instituto de México en Madrid. Me honra, me compromete, me prometo intentar estar a la altura de todos quienes me preceden en el cargo: desde la sombra del poeta Víctor Sandoval a la entrañable Luz del Amo, desde el hipnótico Alejandro Aura y en la sombra de mi tocayo Jorge Hernández Campos: desde el ensayista Pablo de Raphael, el luminoso poeta Jorge Valdés Díaz-Vélez… y los fantasmas de Alfonso Reyes, Amado Nervo, Martín Luis Guzmán y Efrén Hernández… porque en esta casa se han ventilado letras como hojas de jacaranda en flor, bugambilias de morado. Aquí conocí a Octavio Paz en 1987 y estreché una amistad de infancia con Carlos Fuentes, aquí conocí a Sergio Pitol y a José Emilio Pacheco, vi de lejos a María Zambrano y lloré la madrugada con Eliseo Alberto; por el Instituto me hice más amigo y más lector de García Márquez, Borges y Bioy Casares (a quien vi caminando después de muerto a dos calles de este Instituto).

Quiero honrar la memoria de mis maestros D. Juan Pérez de Tudela y Bueso (paleógrafo y biógrafo de Las Casas), D. José Cepeda Adán (que me presentó en periódico a Antonio Muñoz Molina hace 32 años), don Luis González y González, que sigue siendo un segundo padre para todos mis insomnios, y José Luis Martínez, que me llevó de la mano para convertir la lectura y radiografía de un tal Hernán Cortés en brújula y espejo para un mural biográfico-colectivo sobre la Conquista de México, para un doctorado aún pendiente en la Complutense de Madrid.

Hijo de diplomático, supongo que mi padre ha de estar de fiesta con otros muchos afectos entrañables y admirados espectros que parecían asomarse ayer por la Carrera de San Jerónimo, con sol pintado por Velázquez al fondo entre una oleada de viento helado… y supongo que no necesito subrayar que me propongo que haya tertulia, que se abran las puertas de la casa a la música que une al Atlántico entre el fado y el fandango con el son y los boleros de siempre y que espero contagiar la sana enfermedad de la lectura por los laberintos de casi 20 mil volúmenes de la Biblioteca Octavio Paz con un círculo de lectura abierto, gratuito y semanal donde podamos reunirnos quienes quieran leer el mismo libro en todas las voces posibles y por supuesto, tomar ejemplo de un cineclub que llevan mis propios hijos en sus pupilas y abrir una pantalla que se llame Buñuel, para una proyección semanal de películas mexicanas… y por supuesto, aprender a mover y colocar los cuadros al óleo, las fotografías en blanco y negro, las instalaciones inmóviles o mecánicas, la cerámica y los moldes de todas las exposiciones que se puedan hospedar en el Instituto, así como fermentar diálogos constantes entre escritores de todos los géneros, las poetas jóvenes y los ensayistas viejos, las novelas del momento y los cuentos de ayer, las universidades plagadas de estudiantes mexicanos, los museos de las Meninas y las casas rurales, los recorridos por todos los paisajes posibles y las ganas de que vengan cien o más jóvenes creadores de todas las caras de México para intercambiar sus prosas y poemas con cien o más grafiteros y poetas, versadores y prosistas de España… y gota a gota fertilizar la ya sabida verdad que nos une mucho más allá y por encima de cualquier política: México y España comparten un corazón sangrante, un idioma que se multiplica en todas las lenguas indígenas de siglos, un mestizaje de sabores y palabras, párrafos y pensadores; España y México se miran sin necesidad de traducción ni subtítulos… y así pasen otros cinco siglos, nos amanecemos a diario con verdaderas ganas de conocernos.

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