Agua de azar

Añoro morado

Jorge F. Hernández

Busco de lejos la jacaranda específica que llega hasta la ventana de una casa que ya no es hogar. Supongo que en la primera lluvia ha vuelto a demostrar con sus párpados lilas que lloran morado para que las calles se resbalen de recuerdos intactos y palabras huecas. Es el árbol de los pétalos suaves que contrastan con la bugambilia morada que sobrevive en su sombra y entre morados conjugan todos los adjetivos que riman con ellos; se clonan en la carretera que se acerca a San Miguel de Allende y se juntan en un muro anónimo de Oaxaca, pero de lejos intento recorrer el mapa de jacarandas que deambulan cada año por estas fechas sobre el damero de Ciudad de México, como esponjas lilas, violetas que perdieron el acento en su última vocal al venir de Argentina o esparcirse por obra y gracia de un florista japonés y uno se pregunta si podría florecer una jacaranda en plena Gran Vía de Madrid o en un rincón de Manhattan.

Jacaranda que florece en el recuerdo es transterrada a cualesquier paisaje del planeta por obra y gracia de la memoria que se enreda con imaginación: recuerdo e invento, anhelo y deseo o evocación y propuesta. Jacaranda que se dibuja en la niebla fría de lo que va quedando de un invierno que se aleja y anuncio de la primavera que no llega del todo, como palabra que se queda al filo de los labios o ese beso específico que hace ya tanto tiempo que no se repite, que se cuajó tan milagrosamente que podría parecer la misma específica flor de una jacaranda en Churubusco.

Añoro morado de madrugadas que son amanecer y medianoche en pleno día como poema que evoca a François Villon, poeta triste que como Pastor Cervera supo cantarle a la lejana sombra que supo también lo que es morir de sed, junto a la fuente. Añoro morado de las tardes que se alargan al unísono en seis cuerdas que se entrelazan con otras cuatro y parecen dedos ondulantes de una música que parece que llevamos murmurando desde hace

décadas y añoro orado el alba de silencio donde no caben las necedades de los discursos, y apenas la sombra de la sabana que se extiende al filo de la almohada donde una cabellera llovió como sombra de la jacaranda que se vuelve a despertar en marzo.

Añoro morado la toma del dron que desde una nube en forma de elefante registra desde el cielo las jacarandas que forman un caminito lila hacia Coyoacán por donde alguien camina con prisa, mirando el llanto morado de las baldosas bajo la lluvia, hablando consigo los párrafos que hoy mismo intentará convertir en tinta purpúrea. Bajo el dosel de una gasa lila, la jacaranda escucha los sueños y renueva la tranquila serenidad de quien se asoma por la ventana para que entren sus pétalos al vuelo, salpicando las hojas blancas sobre una vieja máquina de escribir donde se van hilando los párrafos de un parlamento inacabable, sin diálogos ni personajes circunstanciales, en la mente estilográfica que registra cada nueva palpitación de una historia que se escribe con cuentos, relatos hilados que narran la infinita historia que se hereda a los nietos y que viene de los abuelos que se callaban para rezar nada o caminar bajo una parvada de pájaros que los saludaban de tarde en tarde y al amanecer, un paseo bajo las jacarandas que llevaba a mi abuelo a comprar todas las frutas posibles para llevarlas de vuelta a su Carmen en una canasta inmensa cuyas orejas estaban reforzadas con cintas de colores o la misma y única jacaranda donde mi abuela Lourdes sonríe con las primeras gotas de una lluvia que ensombrece la tarde al ver que llega mi otro abuelo de una consulta inaplazable y son las mismas jacarandas de un árbol que intenté subir de niño para llegar al filo de una ventana por donde intenté escribir estas mismas líneas que no habrían de redactarse hasta casi un lustro después de su primer intento, porque el borrador en morado tenía que esperar casi cinco años para que pudiera deletrear que añoro morado porque así parece que aquí no ha pasado absolutamente nada.

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