Agua de azar

Cleopatra en su catre

Jorge F. Hernández

Decíamos ayer que la vida mata sueños que, en realidad, no son más que quimeras, para precisamente engendrar milagrosamente los sueños que son de veras. Se cumple hoy una década desde el instante que consta ya en la historia del arte intemporal; constan también las varias horas de sereno silencio y la sonrisa franca que invertía un artista en la soleada soledad de una suite del hotel Wellington en Madrid. En el armario colgaba un vestido de seda y luces, oro tallado con hilos de pasamanería fina. Recién salido del taller del sastre Justo, la biografía del artista ya tenía signado que los sueños de veras se viven cuando uno se viste de grana y oro.

Una década ha pasado como un suspiro y sigo en deuda con Luis Francisco Esplá, a quien vestí de torero en el Wellington, en silencio durante una de las tardes más airosas que ha vivido Madrid. El tiempo se condensa en una conjunción inexplicable donde diez años son nada y cada instante dura un siglo. Así se vivían los minutos en la habitación del artista, a la espera de vestirlo: conversaba sobre épocas pasadas y un mundo que se despide como lluvia de pañuelos blancos, hablaba de toreros en pretérito y todo silencio se filtraba en segundos con los aullidos del viento que azotaba las calles de Madrid.

Esplá se calzaba un traje de luces para despedirse como torero en activo de la Monumental Plaza de Toros de Las Ventas en Madrid, conversando con carcajadas y sin nervios con la más pura agua del azar en las yemas de sus dedos. Cinco horas más tarde, su hijo Alejandro lo paseaba sobre sus hombros en la última vuelta al ruedo de su vida profesional, en medio de un mar de aficionados de veras, afectos incondicionales y no a la manera impostada de quienes tienen que pagar costaleros para que los carguen en andas. Cinco horas después, las tres hijas del torero ya convertido en leyenda y la aliviada alegría de su invaluable esposa, paseaban en caravana las inmensas orejas de un toro colorao, chorreado, ojo de perdiz y pelo fino, que pesó 620 kilos y llevó en vida el nombre de “Beato”.

Luis Francisco Esplá se despedía de Madrid con la faena de su vida, con el toro soñado, vestido con el idéntico terno con el que deslumbró a esa misma plaza en 1982 con otra faena de dos orejas, otro milagro de variadas gracias… y todos percibimos la sucesión de los instantes que se vuelan ya siglos: la montera de morilla que un enloquecido intentó robar en medio de la salida en hombros, las medias con flechas bordadas sobre la seda, los alamares rotos, las hombreras anchas… los tres tercios, citar de largo, cambiar el viaje de un ferrocarril de más de media tonelada, salir de tablas y cuadrar en la cara, aventurar un par por dentro y caminarle al toro, citar de largo y sonreír justo enfrente de los cuernos como quien sabe que vive un sueño, emocionarse con las ovaciones que se multiplicaban, llevar la bravura intacta en cuatro patas a la distancia prudente del caballo donde se medirá su consistencia… y matar recibiendo.

Que me disculpen los ajenos a toda tauromaquia: lo que celebran estos párrafos fue precisamente el ritual y sacrificio, la sangre y muerte, el miedo y el silencio entre veinte mil almas reunidas de un toro bravo… y Esplá lo mató recibiendo, dejando que se buscara las tablas, apartando a la cuadrilla que deseaba marearlo hasta el último suspiro, descabellando con un toque eléctrico de la llamada espada corta para recibir —tanto él como el “Beato”— la bendición de la gloria.

Consta que Luis Francisco Esplá Mateo nació en Alicante, a la vera del Mediterráneo, el 19 de agosto de 1957… y que desde hace una década ya es inmortal. Constan muchas efemérides y circunstancias de sus treinta y tres años de torero: su variedad con el capote, todos los quites y todos los lances; su sapiencia y agilidad como banderillero; su maestría con la muleta, conociendo cada embestida de cada toro en particular como quien se enfrenta a la redacción de un ensayo o de un cuento sin fórmulas preestablecidas, sino con el difícil arte de escribir cada párrafo como lo dictan los terrenos y las circunstancias, las embestidas y las condiciones de cada trama o tema… Consta entonces que Esplá vivió medio siglo en una tarde, condensando en el lento transcurrir de cada instante el crisol de las varias generaciones de toreros y de aficionados con los que ha alternado; sonriendo al pretérito sobre los hombros de su propio futuro…

Cinco siglos en una tarde que ya de noche no era más que una compartida fiesta de afectos, de tantos aficionados y amigos que lo queremos de veras, sin mermar ni alterar por ello la inmensa admiración que nos provoca.

Según dijo el propio Esplá, vivir el sueño que vivió y que contagió él mismo en el ruedo de Las Ventas fue como “despedirse de la mejor novia en el catre de Cleopatra”. Un idílico escenario de sedas en grana y oro, dátiles en bandeja, velas encendidas y almohadones de plumas, el idílico polvo que anhelan los amantes que se merecen eso que llaman la felicidad… eso que confirma que la vida engendra sueños palpables, donde no hay distancias y no importa el tiempo.

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