Agua de azar

El imposible silencio

Jorge F. Hernández

Al acercarse a la flor, el enamorado decide si cortarla para regalar sus pétalos al aire o acariciar uno solo de ellos con la yema del índice, como quien escribe una callada despedida. Al escuchar un comentario racista en una sobremesa etílica y al presenciar un alarde de machismo cotidiano en el quicio de una puerta de servicio, el testigo decide si levanta la voz en defensa de los heridos o ha de callarse en una necia complicidad que muchos confunden con prudencia. Lo mismo sucede con la militancia cibernética que lanza improperios y acusaciones instantáneas en una suerte de juicio extrajudicial donde todos resultan culpables por los dichos infundados, los dimes sin sustancia y los diretes por oídas.

Como dijo Obama, ¿qué tan difícil es condenar a un nazi?, ¿qué tanto cuesta decir en voz alta que el nazismo es una larva latente de odio, horror y muerte y no un simple tema recurrente en los canales privados de la televisión? Parece remotamente posible que alguien sea capaz de declarar en voz alta que lo siniestro, inhumano e inaceptable que resulta la aséptica separación de familias por razones migratorias, el enjaulamiento de niños por falta de visado o la denigración y denostación cotidiana por el cruce de fronteras.

¿Qué tanto cuesta asumir que el parentesco no debe ser sustento para un nombramiento burocrático o que la calificación de un funcionario para asumir un puesto depende precisamente de sus habilidades, aptitudes y posibilidades para cumplir con las tareas que se esperan de él o ella en tal o cual función? Hemos obviado una vez más que todo servidor público tiene el honroso compromiso de intentar estar a la altura de las palabras que precisamente lo definen como tal y hemos obviado que todo aquel que miente o ha mentido es un mentiroso, que toda persona que toma para sí cualesquier objeto o cosa que no es de su propiedad está robando. No olvidemos —por favor— que todo individuo que plagia palabras ajenas, párrafos prestados, artículos en comodato, libros enteros o parciales para beneficio propio ejerce una de las más vulgares y perversas formas del hurto, del robo aunque se crea que no hay descaro y que vivimos ya en un mundo de verificaciones constantes e inmediatas donde toda pantalla de la mentira y el robo cae por su propia contundencia, desde la altura imaginada a la que cree haberse izado quien abusa de los demás, y cree que el engaño silencioso es la mejor vía para su salivosa impunidad.

Hablo entonces del imposible silencio que rodea la presencia de tanto abuso y tomadura de pelo, pero también del callado instante que enaltece a los justos: los que mejor callan antes de acusar sin conocimiento, los que mejor callan para pensar… los que callan para intentar escribir. A ellos, pocos o no, es a quienes han intentado callar con balazos, secuestrar en pleno día y hundir en las amnesias; a ellas es a las que exigen que declaren en oficios ministeriales sin respetarles el silencio con el que intentan cicatrizar y a ese silencio imposible es al que se enfrenta la perorata de las consignas masivas, los himnos del odio, la militancia en masa de causas indefinidas.

El imposible silencio que aparece en medio de la partitura, en medio de la mejor melodía del pentagrama; el silencio imposible y mágico que se enreda entre los versos verticales de un poema escrito con niebla y ese silencio que parece palparse en un viejo paisaje pintado al óleo que parece ventana abierta al pretérito pluscuanperfecto de un México que ya no existe. Es el silencio en blanco y negro de la memoria más íntima y el silencioso gesto de unos labios entreabiertos, el brillo de una pupila, la carcajada sonora en medio de un bocado y el paso lento con el que camina una pareja por un sendero arbolado. El imposible silencio que exige la novela inconclusa o inédita, el penúltimo abrazo que se le puede dar a un desahuciado y el mínimo, máximo, único ruido que deseo escuchar cuando veo que a alguien se le empieza a ir la boca en un rollazo interminable de locuras sin chiste, promesas sin promesa alguna o enmiendas absolutamente inconcebibles. Mejor, callar e intentar contagiar el silencio… Imposible.

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