Agua de azar

‘El pañuelo de Pepa’

Jorge F. Hernández

En un rincón a media luz, en el corazón de Madrid, se juntaron las 88 teclas de un piano de media-cola y cuatro cuerdas gruesas de un contrabajo que parece llorar: Pepe Rivero, con las yemas de sus dedos (que parece que suman 14 en cada mano) tuvo a bien redefinir el torrente del océano y convertir al piano en un buque negro que navegaba hacia Cuba mientras que Javier Colina (también, 38 dedos más un arco de crin de caballo) tuvo a bien navegar el contrabajo vertical como mástil de una nao intemporal. Presentaron así El Pañuelo de Pepa, un disco indispensable en el estante entrañable de cualquier persona con oídos, con aromas decimonónicos del gran compositor cubano Ignacio Cervantes (“el otro Manco, sin Lepanto”), cuatro temas de Manuel Saumell —que es como viajar al pretérito entre pañuelos de encaje, polainas y bigoteras—, tres temas del propio genio Pepe Rivero y de pilón: Cole Porter y una versión de “Night and Day” que se multiplica con su fusión —confusión— con “Veinte Años”.

El disco se vende en iTunes (como suele suceder en esta modernidad afónica) y en CD, pero quien lo escuche se arriesga a llevarlo tatuado en la piel ya para siempre. Es un atardecer largo en 12 temas que tuvo a bien producir José E. Cruz, académico y sonero, juntando los altísimos talentos de Rivero (descendiente artístico de Chopin con alma de Jazz) y Colina (custodio de Bebo y Maestro del murmullo entrañable que llamamos Bajo); ambos se entienden con miradas y basta un guiño para que cualquier melodía integre de pronto el eco de un manisero, la sonrisa de un montuno o la lágrima pendiente que queda en los labios cada vez que alguien intenta cantar “Tres palabras”.

Hace meses, fui invitado a la grabación de este disco y consta que los 12 temas se hilaron en una sola toma, que la magia de la música calentó el clima de un Madrid gélido que, ahora, se recalentaba en una primavera lánguida donde no pocos afortunados tuvieron a bien celebrar en vivo la presentación del CD. Verdearon entonces las hojas de los chopos por las calles de Recoletos y Serrano, cantaron unas aves que quizá soñaban esa noche con La Habana y todos salimos con un tumbao al caminar que prometía prolongar la madrugada con el sereno hechizo de un disco cuya selección logra el inexplicable milagro de hacernos viajar a un tiempo en que el amor más hondo se signaba entre los pliegues de Pepa, con sombrillita y sonrisa. Por allá danza Los Muñecos, a solas en el bazar y en un rincón una niña que llaman La Quejosita se convierte en música traviesa, de la que conjuga los Ayes del Alma con un homenaje a Bebo Valdés, la majestad de Tu sonrisa y Las Alturas de Simpson que alcanzan los aerostatos de tiempos pasados que se envolvían entre nubes para ver el mundo desde arriba, desde la altura que alcanza Colina cuando acaricia la cintura del contrabajo con un arco que parece barroco o lo que logra Rivero cuando el piano multiplica sus teclas, cifra exponencial para recordarnos qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas o para que entre ambos evoquen los aretes que le cuelgan a la Luna, esa cara que no ven los astrónomos ni los astrólogos y que debería servir de acicate con estas líneas para que cada quien adquiera por lo menos dos ejemplares de este CD (uno para consumo personal y el otro, para que sea el mejor regalo del verano) o bien, tres versiones electrónicas en iTunes (una para los audífonos que no se prestan, otra para enviarla a las lejanas fronteras que aún no se sacuden con la música Caribe más deliciosa… y la última versión, electrónica, para confirmar que no hay mejor fidelidad que al de imaginar que lo que oímos, lo escuchamos mejor en vivo).

El pañuelo de Pepa es un disco que evoca el rostro de una persona amada que quizá jamás conocimos en persona o el beso que se quedó en sueño entre el vapor de los andenes de un tren antiguo. Es un disco como pasaporte y salvoconducto a la feliz nostalgia que inunda la saliva cuando se palpa eso que llamaba un poeta latido de ausencia y que rellena los oídos de la casi callada gracia que se llama Felicidad.

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