Agua de azar

Esmeralda

Jorge F. Hernández

Como una inmensa piedra verde que se esfuma entre la niebla, como un fantasma de siglos, paquidermo callado. Como si fuese un espejismo de un párrafo aislado de la novela donde se escribe la historia de un hombre incompleto. Cuasimodo, ahora políticamente incorrecto, incluso para celebrar la infatuación de su ardiente amor de lejos: Esmeralda baila en la plaza, la belleza que todos contemplan, la perfección de su cuerpo y la cara más bonita de París, sin saber que enamora a la bestia que la contempla desde la torre que se ha salvado de las llamas. Para ver a Esmeralda cuento con la complicidad de las gárgolas, demonios alados que se burlan de la plebe en París, las filas de turistas, la baba boquiabierta y para verla entre el humo me basta el anhelo, sin pantallas de teléfono o de televisión; me basta el silencio de toda la tristeza que llueve sobre este templo desde el siglo XII y cada gota del sudor de artesanos, albañiles, vitralistas, canteros, carpinteros, arquitectos, ingenieros, piedra por piedra izando sobre el lomo una flecha de casi cien metros que tocaba el cielo hasta que las llamas la quebraron como mondadientes en medio del estupor y de la rabia y de la confusión de quienes preferirían que se caiga la estructura de mentiras o las cúpulas de la impunidad pederasta o los campanarios de la corrupción o los tejados centenarios del abuso y para ver a Esmeralda solo necesito ver en el espejo la cara deformada de Cuasimodo o Charles Laughton y pedir asilo a gritos en el umbral centenario donde se alinean los apóstoles y los arcángeles en un arco evangélico que da cobijo incluso a las llamas y en cada bloque de cantera la memoria callada de las reliquias que alguien trajo envueltas en paños de terciopelo desde el Gólgota y el instante en que cruzó por la nave central la sombra de Carlomagno o la túnica de San Luis Rey de Francia y segundos después el eco de las voces de Galia entera en una isla en medio de un río frondoso que fue tierra de Júpiter para romanos y ahora ceniza y memoria para lo que llaman el mundo occidental, aquí donde Hitler intentó incendiar toda la belleza de la luz hecha ciudad y el templo donde se quitó la vida una mexicana al pie de una imagen guadalupana y donde velaron los restos del general De Gaulle y Mitterrand, el héroe que viajó toda la noche para salvar a un amigo entre las alambradas de un campo de concentración y los anónimos guerreros de la Resistencia que mantuvieron de pie e intacta la fachada de este templo de inmensa repostería garigoleada desde donde se asoma todo hombre de fealdad diversa para ver pasar aunque sea por unos segundos el embeleso de Esmeralda que mira atónita hacia los cielos que enmarcan a la catedral más bella del mundo, envuelta en llamas y humo de silencio, sin que nadie repare en que todos seremos capaces de hacer lo que sea necesario para volver a tejer la urdimbre de su bosque interno de vigas memoriales y la piel en piedra de sus cúpulas que enmarcan los vitrales que son inmensas rosas de colores, de todos los colores que se incendian con el paso de las horas y la danza de las llamas y el silencio de los drones que apagan fuego y los bomberos de cascos plateados que hacen cadenas de manos para salvar tesoros y relicarios, crucifijos y rezos y todo ha de levantarse una vez más en el centro del corazón que llamamos París, para que se nos conceda una vez más, como siempre, la contemplación a la distancia de la belleza sin mácula, la memoria en piedra, la obra de las manos que no necesitan nombre y apellido para saber que son palmas extendidas de un milagro que se cocina con tiempo, lentamente como el deseo del que mira desde la altura de las campanas el paso de una cabellera de humo, la boca en fuego y la mirada ardiente de Esmeralda, gitana inalcanzable que baila hoy más que nunca en la memoria congelada de quienes han vivido el placer invaluable de perderse un día entero en recorrer el esqueleto de un templo callado para orar en silencio la gratitud incalculable de esa gracia iluminada, esa suerte de epifanía inexplicable que irradia aún en ruinas la belleza pura.

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