Agua de azar

Humo de copal

Jorge F. Hernández

De vez en cuando la chispa del ingenio se mancha de estulticia o se agria con inútiles posturas de politiquería insensata; de vez en cuando, conviene callar y no mascar en público afirmaciones absolutamente innecesarias por falsas. Todo esto lo digo por el descuidado error con el que Jesusa Rodríguez quiso honrar la memoria del antiguo y desaparecido pueblo culúa-mexica al afirmar que cada vez que comemos tacos de carnitas “celebramos la consumación de la Conquista”. ¡Ay, por favor: tres de buche, dos de nenepil y los que aguantes de nana!

En la primera hermosa tortilla de maíz reluciente habría que envolver el siguiente argumento. Efectivamente, el 13 de agosto de 1521 se hizo una comilona en lo que ya era el Zócalo conquistado y consta por pluma de Bernal Díaz del Castillo que hubo puerco y quizá toneles de vino (y algún jarro de tlapehue o neutle) y que se brindó por San Hipólito, se corrieron toros bravos (traídos por Alonso García Bravo) y no pocos de los sobrevivientes indígenas le entraron al cerdo con la ayuda de las tortillas, no solo como vehículo sublime para la ingesta sino como cuchara vegetal (artimaña que le enseñaron con éxito a los sanguinarios conquistadores). Pero no eran las carnitas que ahora intenta mancillar Jesusa: cerdo asado o deshebrado, que no las carnitas como las degustamos al día de hoy que son invento novohispano, es decir mexicano, es decir mestizo… y bájale al teponaxtle y a las chirimías que la cosa no es para desgarrarse el costoso huipil de miles de pesos que se compra en un baúl que no es de Fonart.

En segundo taco, honra a México la celebración —allende la injustificable masacre, el baño de sangres, el choque de flechas y espada, el oprobio de la cruz por encima de los templos de flor y canto— nuestro mestizaje multifacético y dinámico que no solo fue biológico, sino arquitectónico, político, social, económico, emocional, verbal, artístico, culinario y gastronómico. Nos honra que Bernal traía en la mochila las semillas de los primeros naranjos que se sembraron en lo que ahora llamamos México y que su combinación con el zapote prieto anima el mejor de los postres posibles, así como nos honra que el tomate haya cruzado de aquí para allá el charco hasta considerarse italiano cuando se saborea una pasta cuyo remoto origen vino de la China. Nos honra que el cacahuate y el aguacate hayan desembarcado en Cádiz, tanto como los caballos con los que aramos los caminos de Tierra Adentro y las alazanas de una buena charreada. Denostar sin más a las carnitas va en sintonía con las imbecilidades que proclaman los que pugan por los muros, los que niegan que el intercambio, fusión y mestizaje de los pueblos y sus culturas son precisamente lo que nos salva de la amnesia y la intransigencia.

Se llama Jesusa y se apellida Rodríguez, con lo cual no sería justo espetarle que cada vez que se mencione su nombre se deba cantar un Ángelus y que en las sílabas potosinas del patronímico se encierra el peso de la culpa de 500 años de torturas, lebreles, tatuajes herrados en esclavos indígenas y el látigo de la Conquista.

Deseo que la cordura y el antojo me permitan volver a celebrar el ingenio y chispa inteligente de una mujer que quizá se dejó llevar por un fervor impostado en torno a uno de los goznes nodales de nuestra esquizofrenia historiográfica: adulamos ciegamente sin mácula posible todo lo que se desprenda del sagrado manto materno de las estrellas posadas sobre la media luna y nos asqueamos con todas las barbas y torsos de hierro del padre ausente, el que violó a la Chingada y escarbó bajo la piel del paisaje en busca de ríos de oro y plata, pero así pase medio milenio y contando seguiremos con la confusión enrevesada de no saber a ciencia cierta si al mentarle la madre al conquistador le damos en el blanco a los ancestros de Joaquín Sabina o, en realidad, escupimos al viento helado que se desprende del espejo negro de Texcatlipoca.

En espera de que no se cambie el nombre a Tetlepanquezalli, deseo echarme unos tres tacos de buche, dos de nenepil y los que aguante de nana con Jesusa; cantar hasta altas horas de la noche con seis cuerdas que vinieron de allende el mar y percusiones del sureste veracruzano, boleros y sones que tienen raíces en el Mediterráneo, entre botanas polifacéticas y plurales… y no eructar con el rancio nacional indigenismo tan mal parado en un México que sigue usando la palabra indio como insulto y menospreciando la rica cultura de los lavaderos en las azoteas con industrializados humos de copal.

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