Agua de azar

La cordura enloquecida

Jorge F. Hernández

Así pasen tres décadas más, seguirá cabalgando en la memoria del lector la incierta duda de que se lee y termina de leer el Quijote de Miguel de Cervantes como si fuera el primer abril en hacerlo; más aún, así pasen treinta abriles más, se confirma como primavera con hielo o bien, invierno soleado que en el instante mismo en que se leen sus párrafos se están escribiendo cada una de sus palabras. La enrevesada cordura del lector lo acerca al espejismo casi palpable de que en el preciso instante en que Cervantes dibuja con su pluma las sílabas de la palabra Montiel o el nombre de Aldonza, la magia de la lectura permite que el callado lector se convierta en un jinete que cruza un campo que va más allá de la mancha tipográfica y la mujer que llevaba tal nombre se vuelva Dulcinea del Toboso. Nada más. Nada menos.

Así pasen los abriles, seguirá pareciendo niña la entrañable poeta nonagenaria que subió a la antigua cátedra de Nebrija en Alcalá para evocar las baldosas de su escuela en la infancia en un hermoso discurso que parecía cantarle al oído a todo abril de Cervantes y así pasen los abriles de los futuros calendarios no habrá manera de destejer la maravillosa dualidad —sincronía de fechas sin años— donde coinciden las vidas de William Shakespeare y Miguel de Cervantes y todos los fantasmas que desfilan en la prolongada madrugada de Madrid para leer en voz alta la fabulosa historia del Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero.

Se abren las ventanas de la imaginación y se desempañan los espejos del ensueño, hoy más que nunca, y abril termina sus días con la infinita tristeza que nos aguarda al final de esa novela que suponíamos haber leído y sabido de memoria. Uno llega al final en papel sabiendo que la aventura de un libro se acerca a su final por la yema de los dedos de la mano derecha, cuyo tacto ya percibe las pocas páginas que le quedan por delante a la vista y uno sabe qué tan lejos queda el final en las modernas pantallas de lectura porque hay contadores de pie de página que incluso anuncian el tiempo estimado para el aterrizaje, pero sea en tableta de lectura o en una nueva edición, el Quijote parece jugarnos el engañoso placebo de la ilusión inquebrantable: ¿será posible que llegue un abril en el que Alonso Quijano el Bueno se levante de la cama con la firme intención de cruzar el Atlántico y seguir sus aventuras en lo que se llamaba Nueva España? ¿Será verdad que en realidad el verdadero final del Caballero de la Triste Figura se encuentre en el primer párrafo de otra novela interminable donde se narra el largo siglo de infinita soledad de una estirpe que fundó Macondo muy cerca de la selva donde hallaron oxidada la vieja armadura sin yelmo de ese mentado hidalgo demediado?

En un luminoso ensayo que acompaña la lectura de este abril, Margit Frenk se pregunta Don Quijote, ¿muere cuerdo? y el Fondo de Cultura Económica tuvo a bien editarlo como libro junto con otras cuestiones cervantinas (en un breve volumen de la ya vieja colección Centzontle, demostración editorial de que esa casa llegó a publicar libros a precios más que asequibles sin perder el buen gusto en el papel, diseño y tipografía). Leer el breve ensayo que da título al librito de la sabia Frenk ahonda el remolino ilimitado del inquieto lector que abril tras abril también se pregunta si no es en realidad un engaño más de la desbocada imaginación de Cervantes o un ripio arabesco de Cide Hamete Benegeli el párrafo oscuramente claro, luminosamente opaco, claramente confuso en el que casi todos los lectores se dejan convencer de lo que dice a voz en cuello el tal Alonso Quijano el Bueno, declarándose no solo cuerdo sino enemigo acérrimo de las novelas de caballerías que inicialmente habían provocado sus desvaríos y es entonces este abril en el que, gracias a la lectura de Margit Frenk, el sesudo lector reniega de sí mismo y de todas las lecturas pasadas para dudar de esa supuesta sensatez recuperada, esa suerte de cordura milagrosa que le resucita el alma a don Alonso Quijano, luego de haber dormido más de doce horas seguidas y quizá sea hoy el abril que con mayor razón podamos suscribir la sinrazón de la razón de una cordura enloquecida con la que se contagia todo lector de esta novela quizá del todo indescifrable. Más aún, en un mundo donde a diario se confirman los disfraces del Mal con mayúscula con espejismos del Bien y se fincan como Verdad imbatible tantísimos amasijos de pura Mentira.

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