Agua de azar

Llegaron en barcos

Jorge F. Hernández

Se cumplen exactamente ocho décadas de la llegada del barco Sinaia al Puerto de Veracruz. Llegaron en barcos y vendrían miles a partir de ese primer envío; todos juntos conformando la España peregrina, la diáspora de una esperanza…la huida de la Guerra Incivil. Llegaron en barcos, pero hay quien podría imaginar que en realidad navegaron sobre la palma extendida de manos amigas. La mano de Gilberto Bosques que extendió a costa de su propia vida cientos de salvoconductos para vidas anónimas, ajenas, infantes y maduras, la mano de Daniel Cosío Villegas abriendo compuertas de salvoconductos en Portugal, los brazos abiertos del general Lázaro Cárdenas que había extendido abiertamente los puños con rifles y balas que se enviaron en un intento desesperado por frenar en las trincheras la oprobiosa ofensiva del fascismo.

Se nos olvida que hubo miles de adultos y no pocas almas que vieron con normalidad el sinónimo de sonrisas entre Franco y Hitler o que presenciaron en silencio la polvareda de bombardeos en pleno patio escolar, en medio de la Gran Vía, en el pueblo de Guernica convertido en laboratorio de aniquilación masiva y se nos olvida que hubo miles de ciudadanos veracruzanos que salieron al malecón hoy mismo, hace ochenta años, a vitorear como héroes a los niños y niñas, mujeres, ancianos y transterrados todos que miraban por la claraboya de los barcos el paisaje de una vida nueva, la resurrección de sus empeños o el perfil de un afán que habría de ayudarlos a envejecer lejos de la querencia que se quedaba en blanco y negro, tras las rejas o vestida de luto, camisa blanca ensangrentada donde mataron poetas sin poder liquidar sus versos, manto de huertos y aceituna como pintura al óleo de todos los siglos que se salvaron de milagro, templos huecos sin campanario de la utopía derruida y hambre, hambre, mucha hambre.

El Sinaia llegó a Veracruz dejando atrás la bruma en un silencio de lágrima y resignación; México entero se fertilizó con los empeños y el afán a una voz de toda una generación de españoles transpeninsularizados que habrían de engrandecer las aulas de colegios y universidades, las fábricas, molinos, empresas y panaderías; las canchas de lo que antiguamente llamaban balompié y los tres tercios de la lidia en plazas donde no acostumbramos ondear la bandera; las imprentas y linotipos, la gráfica y la tipografía, las revistas donde ya sólo podían escribir las grandes voces censuradas por las botas militares que desfilaban descaradamente bajo el palio.

Debo a la desgracia la posterior epifanía de todo lo que llegó en ese primer barco de tantos, en esa primera tripulación productiva, pensante, incansable y fraterna que se creció por miles y se convirtió en los árboles genealógicos de mis mejores amigos, en las aulas de las escuelas donde todo mundo cree que estudié aunque lo único que consta de veras es que allí se formaron mis hijos, su madre y la materia invaluable de una novela que le debo también al Exilio Español. Debo a la tragedia de una guerra imperdonable como todas el sustento de la confirmación de muchos valores y ejemplos a seguir, las viandas a compartir, las ilusiones intactas… y las ganas de llorar.

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