Agua de azar

Lo que cuenta

Jorge F. Hernández

No todo lo que se cuenta y no todo lo que cuento es mentira a secas, como tampoco podría aceptar que todo cuento literario está estrictamente emparentado con el chiste o con el chisme. Tiene con estos el parentesco de la chispa y la sincronización: de no contar bien un chiste se echa a perder como globo desinflado y cae en medio de una reunión como mazo de silencio y de no saber contar bien un chisme, corremos el riesgo de meter en problemas a la tía equivocada o rasgar la supuesta inocencia de un primo delicado. Que se cuentan historias a diario está claro y que de lo bien o mal que se cuentan las cosas puede depender no solo el concierto de una sobremesa sino el orden invisible de una relación amorosa o filial y pienso entonces que lo que se cuenta podría ser acusado como vil cuento cuando se convierte en mera mentira, pero cuando el que cuenta sabe edulcorar la historia con la debida dosis de falsedad o fantasía rebasa el territorio simple de la simple mentira y se adentra en eso que se llama ficción. De ahí, directo a la literatura.

Intento explicarme: ha tiempo que la verificación instantánea que todo comensal lleva en la yema de los dedos, ese afán por cotejar en internet si lo que voy contando es veraz o verídico, ha desvelado el fin de los cuenteros y cuentistas de cepa, los que inventamos paraísos sin geografía, fulanos de apellidos inverosímiles, lugares imposibles, situaciones exageradas y en la mente racional de los verificadores actuales se caen los fabulosos andamios de la fantasía impalpable. Con esta situación, el cuentista ha de volver a la dicotomía que se confirma en cada noticiero o en la primera plana de los diarios que siguen publicándose en papel: hay encabezados y titulares que parecen de cuento y ahí queda eso para que lo intentes superar con ficciones, pero hemos de seguir partiendo la lanza a favor de la única mentira válida y valiosa, la de la literatura, la que hace realidad la indescriptible aventura de Alonso Quijano o la selva contigua a Macondo. Que no le digan que se ha pavimentado el sendero que conduce a Macondo o que el Nocturno a San Ildefonso no encierra en realidad un verso de una espuma invisible. Es tiempo de volver a apuntalar el dulce engaño de los mares aún sin navegación posible y las caras que sólo se nos aparecían en las sombras de la noche, al voltear la página e intentar mirar el rostro que acabábamos de leer en un relato intemporal de tinta ocre.

Ese que informa puntualmente con una tendencia estadística o meramente numérica los hechos que se fueron hilando en una determinada tarde no intenta la magia del cuento en tanto no agregue el sazón de una ligera llovizna imperceptible de mentira, de lo inverificable e incluso inimaginable que convierte el relato, cualquier relato en un sueño o pesadilla a compartir, incluso con muy poca sal de imaginación pura o azúcar impostada, dulce simulado en la saliva en cuanto el que narra un evento banal decide agregar que al voltear la vista hacia una ventana logró captar que un gato amarillo era también testigo de lo dicho y que se relamía los bigotes al filo de una ventana que parecía ondular, a pesar de que la ventana estaba cerrada a toda brisa.

Lo que cuenta es el chiste con el que se cuentan las historias y el magnetismo de chisme que logran tener los relatos que narran una historia cuyo planteamiento puede o no ser absolutamente diáfano y claro y cuya trama o nudo pueda o no enredarse como la peluca electrificada de una condesa sin higiene alguna, pero lo que lo vuelve cuento está encerrado en ese pequeño delirio casi indescriptible que tiene el azar, las coincidencias inexplicables que aparecen sutilmente en la tela del cuento, en los entresijos del relato provocando incertidumbre, abierta duda o bien la risa del lector o escucha y bañando eso que llaman el desenlace con lo inesperado. Bien pensado, podría terminar este rollo con afirmar que lo que cuenta del cuento es que tenga sorpresa… y que intenté explicarlo porque no pocas noticias fehacientes parecen increíbles y no pocos relatos absolutamente fantásticos se caminan casi todos los días en escenarios reales poblados con personajes que parece que alguien dibujó en una libretita nomás para pasar el tiempo.

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