Agua de azar

Pensamiento andante

Jorge F. Hernández

Como género, el ensayo literario debería llamarse pensamiento andante. Habiendo sido el centauro con el que cabalgó Alfonso Reyes, ahora colinda con el ornitorrinco que encarna la crónica, según dixit Villoro, pero su verdadera etimología se expresa al andar: en las primeras líneas del párrafo inicial se parte plaza con un pasodoble o marcha lenta donde el cerebro puede —si quiere— verbalizar en silencio la melodía de una tesis como planteamiento. A continuación, con el recurso del punto y seguido, el caminante va hilando sentencias —que pueden incluir dudosas afirmaciones o escépticas verdades apelables— que más o menos ponen a prueba los pasos como sílabas y aunque avanza la idea, parece que se distrae con el saludo a la vendedora de periódicos o al veterano panadero que nos confunde con su sobrino.

El ensayo camina entonces por un collar de párrafos como archipiélago de pruebas varias: un trote hegeliano de tesis con antítesis en la síntesis de una coreografía que se inventa desde las suelas o los tobillos; de pronto, en diagonal, la prosa que camina ha dejado atrás el tráfago del tráfico y cruza una plaza amplia como sonrisa sincera para desembocar en un recoleto sendero de sombras que se alarga en busca de un manantial. Allí va el ensayo, caminando mientras se piensa la vulgaridad de la formulación inicial o el donaire del atrevimiento, la lúcida conclusión que parece anunciarse antes de que llegue el cansancio o la triste resignación de que uno solo ha estado pensando nimiedades, sin interrumpir la marcha y las citas que se asoman en cada uno de los párrafos como transeúntes pedestres, prójimos en sentido contrario o la agraciada dama que sincroniza durante unos metros el taconeo de su trayectoria con el silencio que nos levita entre nubes de un vapor mental.

Camina el pensamiento y llega al prometido manantial que alguien cavó en medio de un paso de cabras y evadiendo la tentación de los automóviles y máquinas voladoras, drones particulares o mosquitos insultantes, el caminante inicia la conquista de los párrafos que han de llevarlo a una conclusión que busca un punto final que podría convertirse en tres puntos suspensivos o la promesa de una continuación en el camino de vuelta que ya suena a escala tierna de un piano imaginario que se se acompaña con el ronquido entrañable de un contrabajo que parece que siempre toca en blues.

Así se lee a sí mismo el ensayo que —a diferencia del cuento o de la ferroviaria trayectoria de una novela— se condensa en el privilegio de pasear por un prado, como quien evita el ocio que languidece en un retiro espiritual o físico, para así hilar el encuentro con otra fuente, otras caras como ideas o conceptos que reafirman o congelan el planteamiento inicial de aquél primer paso que se dio con las primeras palabras al empezar a andar hacia ese preciso párrafo final donde el autor de la caminata parece encontrar un remolino último para rematar la travesía y sea de un abrupto descanso en la primera banca que se ofrece limpia bajo una sobra de verdes encendidos o bien al esperar el enésimo semáforo que decide respetar en vida, el remolino final se despliega como biombo de bolsillo en una sola parrafada que muy probablemente repite varias veces el planteamiento inicial del ensayo, el título mismo del texto que se puso al principio del todo para ponerlo a prueba como tienta para el intelecto… y rematar con resuello en el verdadero silencio con el que se cierra la andanza.

¡Silencio! Ha llegado el lector y el ensayista a la última página de un pliego de tinta mental, un biombo doblado en formas idénticas donde cada párrafo se ha ido escribiendo en la mente del ensayista tal y como ha de ser recreado —para completarse— en la serena lectura de quien nos sigue con los ojos una vez que se publica el mentado ensayo para que la lectura ajena se vuelva una simbólica comunión de coincidencia o divergencia, acuerdo o desacuerdo para plantear así el hermoso diálogo de siglos que no dependen del tiempo y que no son más que la increíble metáfora de quien tiene el privilegio de caminar pensando de aquí para allá, de la casa al trabajo o de la cama al aula o del sueño a la vigilia de todos los días y así leer la hermosa vida como quien escribe un ensayo o leer las caras del mundo como quien ensaya leerlo en silencio con solo intentar moverse de lugar.

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