Agua de azar

Quijote, otra vez

Jorge F. Hernández

Llega abril y vuelvo a leer el Quijote de Cervantes como si fuese la primera y única ocasión en que lo hago o quizá para obviar que van 32 años desde la lejana primavera en que —por lo visto— no entendí del todo bien la sincronía de sus párrafos o la magia intemporal de sus coincidencias: ayer mismo, estando Sancho y el Caballero de la Triste Figura en medio de una panda de cabreros y pastores, cenando bajo las estrellas en el enrevesado mundo donde se vuelven verdades las mentiras, escucharon de viva voz una versión que intenta ser convincente en torno a la dolorosa muerte de Grisóstomo. Era un pastor enamorado apasionadamente de Marcela, quien esquiva y libre, nunca sucumbió a su insistencia necia, presión contra la pared.

Quijote y Sancho se enteran a la luz de la fogata que Grisóstomo era léido y escribido (dirían en Cuévano como en Cervantes) y que incluso había compuesto una Canción desesperada ante el despecho y desolación que provocaba el vado de su amor ante la renegada Marcela. A la mañana siguiente, Caballero andante y escudero se unen a una nutrida comitiva de pastores y cabreros que han de enterrar el cadáver de Grisóstomo, muerto de amor que Cervantes evita aclarar que se ha suicidado en ese enrevesado túnel de interpretaciones y prejuicios que solo el difunto podría explicar.

El funeral de Grisóstomo se vuelve un mitin machista donde cabreros cabrones y pastores pastueños murmuran como rumiantes la equivocada acusación de que la muerte del bardo campirano se debe única y exclusivamente al cruel desprecio y nulo interés de Marcela por los amores y el deseo humeante de Grisóstomo. De pronto, tras la cima por donde cavaban la tumba, aparece Marcela con toda su belleza y un valeroso talante que habrá de cambiar el orden secreto del Universo: “Vengo a volver por mí misma y a dar entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos” y pasa entonces a formular un perfecto Manifiesto feminista donde consta ya por los siglos de los siglos que ella (todas, alguna, ésa, otra, aquélla) no tienen la culpa de su belleza o virtudes, ni mucho menos de la infatuación o idolatría infundada que se vuelva acoso efervescente de los hombres (ése, aquél, todos, alguno). Marcela habla por ella y por todas sus compañeras así pasen los siglos y su Manifiesto convence al Quijote, quien abre los ojos y no solo pasa a defender los argumentos, sino que advierte a los incautos pastores y confundidos cabreros: ¡ai’deaquél que se oponga a esta verdad revelada! “Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive”.

Marcela habló de frente, ante un mitin machista de enojados cabreros y no lanzó denuncia por el anónimo tuiteo de un medio que aún faltaban siglos por inventar; Marcela encaró al nefando espectro del abuso impostado con valor y honestidad y merece —como todas las mujeres del mundo— el respeto a su dicho y la formalización de su denuncia. Grisóstomos aparte, todos los hombres del mundo hemos de respetar el dolor, heridas, huellas y quebrantos que han sufrido miles de mujeres que hoy encuentran la posible luz de la justicia pendiente, pero no debemos solapar el anonimato irresponsable o las acusaciones sin fundamento y suponer que el sistema judicial mexicano —por ejemplo— esté a la altura de la asepsia, respeto y viabilidad que realmente exigen los crímenes que ya no son rumor ni eco.

En silencio, seguirán los párrafos de Cervantes inundando abril como si fuese la primera vez que los leo y, como lo prefirió el propio autor, imponiendo un respetuoso silencio ante el sinsentido y desgarrador dolor de la muerte, toda muerte, cualquier muerte.

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