Agua de azar

Roca y Rey

Jorge F. Hernández

No es usual que un Rey Emérito se ponga de pie para ovacionar a una Roca, piedra esmerilada de arte puro, esmeralda o rubí andante y no usual que un joven de veintidós años se gane el apellido de Rey jugándose la vida. Tampoco se acostumbra que un toro manso y peligroso logre aprender a embestir con nobleza y algo parecido a bravura por obra y gracia de la muleta milagrosa de un torero llamado Roca Rey que le enseñó a embestir, que se lo pasó por el vientre y que congeló el calor de una primavera para sobreponerse con creces a lo que ya viene siendo terriblemente habitual: la apatía disimulada de un público en Las Ventas, otrora Monumental de Madrid, que parece que necesita una auténtica descarga eléctrica para salir de su soporífero famoseo, del postureo nefando de una mayoría que en realidad no son aficionados y que se dejan contagiar —una tarde sí y otra también— de la demencia (quizá etílica u oligofrénica) de un puñado de ignorantes que aplauden y rechiflan —según ellos— por ortodoxia y recelo en la posición geométrica con la que un torero se juega la vida.

Afortunadamente, Andrés Roa Rey le calló la boca a los vociferantes, cambió el curso de dos o tres planetas y la consistencia de la llamada Vía Láctea y puso en pie a S. M. Juan Carlos I y 28 mil personas divididas entre aficionados de veras y espectadores ocasionales; además, puso en pie a miles de aficionados por televisión, trescientos sesenta mil o quinientos ochenta mil peruanos en los Andes y millones de mexicanos bajo una nube de humo. Bien visto, logró acallar el ruido horrendo de la política, la grilla de los grillos, el mercado bursátil e hinchar la red global de la comunicación convirtiendo internet en un tendido que por hoy supo apreciar el anacrónico, dilatado y políticamente incorrecto milagro de un joven vestido de seda canela y oro que —habiendo sido corneado en su primer toro, un asno del Conde de Mayalde que pesaba lo que pesa un taxi de Uber— salió de la enfermería para subrayar la Ñ que llevamos en la saliva quienes hablamos castellano o el albur de México o el vallenato en Colombia y esos pasitos peruanos que se van por una veredita alegre, con luz de luna y de sol, en el anochecer de un Madrid que necesita recordar que a los toreros se les puede gritar a voz en cuello, precisamente ¡Torero!, y que todo milagro se celebra con pañuelos blancos y que la euforia dosificada provoca que se confunda a un manso peligroso, que buscó constantemente la querencia en tablas y que rascó afanosamente la arena con ganas de huir, no merecía ni el arrastre lento ni los aplausos que debieron haberse convertido en cascada anestésica para el torero que se jugó la vida con una cornada en la nalga, suturado improvisadamente en la enfermería de Las Ventas, para salir al centro del ruedo, de Madrid, del Universo a proclamar en silencio la rara liturgia que desconocen casi todos los que se declaran en contra de este raro ritual.

De grande, yo quiero ser como Roca Rey y abrazar a mi padre en el callejón de una eternidad como lo hacen mis hijos al emocionarse por una epifanía que es absolutamente irracional y casi imposible de explicar o justificar, pero que le cambió el sentido a las manecillas del reloj, le dio nombre y apellido a un miércoles anónimo y subrayó la divina magia de una cultura hispanoamericana, la prosa que se extiende con la mar en medio y los versos de los poetas que se desangran en cada línea porque les va la vida en ello y en el afán necio de intentar la belleza, más allá de la estulticia, allende la necedad y la abulia… y hacerme llorar.

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