Agua de azar

Tapiado

Jorge F. Hernández

Hubo una biblioteca en mi vida que sufrió dos naufragios, caídas emocionales provocadas por mí mismo que se leyeron en dos o tres abriles como reflejos de uno de los capítulos más tristes del Quijote de Cervantes y del cual, en realidad, creo que no se han agotado las ponderaciones de su pesada tristeza. Hablo del hombre que despierta un día cualquiera, luego de un sueño largo e intranquilo, no para descubrirse convertido en un monstruoso insecto, sino en algo peor: un lector sin libros.

Sabemos la historia y sus circunstancias: a Don Alonso lo refugian en la cama su ama y criada joven con la ilusión de que se le apacigüe la fiebre de las locas andanzas que ya le inundan la cabeza, mientras que el cura y el barbero realizan una criba descomunal de libros al filo de la hoguera. El pasaje es uno de los más lúcidos e iluminados que haya cuajado Cervantes y es —a un tiempo— espejo de crítica literaria y tertulia de enredos, tragicomedia de lo que se habla cuando se habla de libros y la quemazón caprichosa de los libelos que parecían sobrar en cualquier biblioteca. Pero la escena es una hoguera, una tristeza en llamas y más, en cuanto el Caballero de la Triste Figura despierta de su cansancio y sale de la cama tan solo para toparse con la mentira de que su biblioteca se ha ido volando por las nubes, envuelta ya para siempre en el encantamiento de un mago que decidió quitarle la tentación en tinta como si eso de veras fuese la explicación de su locura.

Don Quijote toca el muro tapiado y se deja creer que es cierto, que por cosas de encantamiento como las que se mientan en el libro del Amadís, su biblioteca ha desaparecido y palpa el muro tapiado para siempre como blanco espejo sin reflejo de todas sus lecturas y locuras pasadas… y queda entonces para todo sobreviviente de naufragios el consuelo bibliográfico de que las bibliotecas de nuestro pretérito han de ser reinventadas con una nueva salida a la locura de la realidad. Quien ha visto guardarse en cajas de cartón sus libros por una mudanza cruel debe entonces resignarse a que el tiempo (e incluso, las pantallas portátiles y digitales) ofrecen en segundos la milagrosa recuperación de los párrafos indispensables para seguir viviendo y que el tiempo, el implacable, ha de ser también la vasta geografía para la recuperación de los estantes.

Yo debía el orden y concierto de mi biblioteca recuperada y de mis dibujos aislados y de miles de papeles y papelitos a una pareja de arcángeles, pareja ejemplar y entrañable que me ayudaron a poner en orden la lenta recuperación de la biblioteca tapiada. Verónica y Guillermo se desvivieron por catalogar la locura de los títulos y la mescolanza de los géneros, el orden del desorden y los dibujos que no merecían empolvarse como un secreto en las libretas; de hecho, gracias a Verónica se hicieron públicos mis dibujos y se convirtieron en libro y gracias a Guillermo se ordenaron en los estantes las bibliografías que apuntalaron dos o tres libros durante la pasada década… pero el espejo trasatlántico se encargó de obligarme, una vez más, a tapiar de nueva cuenta la biblioteca y cruzar otra vez el charco de la imaginación y la memoria dejando atrás, en bodega anónima, más de cien cajas de libros y libritos que ahora se me aparecen en las madrugadas como si llamaran tras el velo encalado de un muro tapiado por un encantador, por ese raro prestidigitador que te esconde la cita precisa justo en el momento en que la necesitas resucitar en un párrafo y es así que vuelvo a leer el capítulo del caballero andante Don Quijote de la Mancha que habiéndose quedado sin libros, quizá oliendo el aroma de las páginas que se quemaron en el propio patio de su casa, decide no necesariamente reponer los ejemplares en visitar una biblioteca pública o en el portal de Amazon, sino salir y cruzar una vez más los Campos de Montiel, lanza en ristre y adarga antigua, para escribir por sí mismo los prometedores párrafos por venir.

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