Saturnalia

La Revolución que nos atañe

José Luis Saturno

Decretar pertinentemente la coyuntura ideal para permutar de paradigma es un factor ineludible en las especies más aptas. La tendencia habitual es considerar como factores cruciales la fuerza o la astucia para perdurar en la jungla de la vida.

No obstante, la realidad es que quien sobrevive es el que mejor se adapta, aún si física o intelectualmente no destaca.

Es pertinente mencionar, pero no sobrevalorar, las virtudes que el azar adjudica a ésta ecuación.

También estimar con justicia la influencia del contexto sobre el individuo, hay factores inherentes a las sociedades modernas que hacen de la subsistencia un ejercicio rico en matices, que impulsa a las criaturas más resilientes a evolucionar favorablemente y promover cambios en su entorno, generando un círculo virtuoso.

Es así como el apotegma, "Bienaventurados los flexibles porque no se romperán cuando los doblen", adquiere relevancia.

Esto viene a propósito del incuestionable arribo de la siguiente etapa en la revolución de tránsito que Henry Ford engendró con su automóvil.

El impacto de la obra de Ford fue más allá de los procesos de producción industrial que él innovó. Su producto modificó la vida millones de personas para quienes la transportación era ardua.

Convenientemente, los campesinos podían llevar no sólo mayor carga y a distancias más amplias, sino explorar a voluntad territorios que superaban las fronteras de los que tradicionalmente les acogían desde el nacimiento hasta la muerte.

Limitaciones tan simples como el anochecer dejaron de existir para las sociedades agrícolas estadounidenses.

El automóvil modificó por completo el arquetipo del ciudadano, volviéndolo mayoritariamente urbano. Lo anterior evoca un paralelismo con aquello que hizo viable al imperio romano: los caminos. Uno de los factores que dotan factibilidad a los grandes imperios es la rentabilidad de sus caminos y transportes.

Actualmente, un enardecido debate se viene desarrollando en diversos países desde la llegada de Uber y sus competidores al mercado.

Además, en los próximos diez años los vehículos autónomos serán una realidad cotidiana y la articulación de ambos fenómenos evidenciará implicaciones que están siendo subestimadas o simplemente ignoradas.

Quienes conciban que este cambio tardará más tiempo en asentarse, les invito a recordar que en treinta años la revolución digital ha influido sobre la posición relativa entre países lo que a la revolución industrial le tomó ciento cincuenta.

El arribo de esta tecnología tiene el potencial de reducir en un 70% el costo de servicios como el de Uber, lo que implica que podremos prescindir de un vehículo propio.

Ya en Estados Unidos el 50% de los jóvenes que lo usan no tienen automóvil y el 22% de los que han comenzado a utilizarlo en los últimos seis meses han aplazado su compra.

Imaginen lo conveniente que será para un país como México adoptar esa modalidad, siendo una nación donde muchos no pueden costearse un vehículo, viven esclavizados pagándolo o se atienen a las molestias del transporte público y de los taxistas.

Los adultos mayores, quienes ven su independencia mermada ante la imposibilidad de conducir, recuperarán la libertad de tránsito y esto tendrá una consecuencia sobre su calidad de vida y la forma en que la industria de servicios se dirige a ellos.

Todo lo anterior, en un momento en que la población mundial decana se intensifica y la manceba se atenúa. Las políticas industriales y laborales de México están cimentando sobre terreno endeble el futuro nacional.

Descubrirán los políticos que es una fatua aspiración la retención de empleos como el de los taxistas en una sociedad que ya no los requerirá, necedades como esa le apuestan a votos en el corto plazo y al desempleo en el mediano y largo.

La forma en que concebimos el tráfico y el diseño urbano sufrirá un cambio radical, no necesitaremos la misma cantidad de puentes, estacionamientos y hasta seguros contra accidentes viales.

Todas las armadoras que están llegando al país verán eventualmente una caída en sus ventas y esto influirá negativamente en nuestra economía manufacturera.

Ya perdimos la oportunidad de ser parte de la revolución digital, sería arbitrario darnos el lujo de repetir el mismo error y prorrogar al interior de nuestras fronteras una revolución como la que se avecina.

Uber y los vehículos autónomos son sólo un pequeño ejemplo. No son los enemigos a vencer, la incapacidad de percibir y adaptarnos al cambio, sí.

Es momento de potenciar la educación científica y tecnológica pues es ahí donde reside la revolución que nos atañe, no la que celebramos cada noviembre y cuyas bondades son sólo de tipo mitológico.

No es un secreto que el éxito de una nación reside en aquello para lo que se le está educando. Por tanto, aunque no podamos impedir que soplen los terregales, sí podemos construir molinos.

José Luis Saturno es un escritor y cineasta independiente mexicano, graduado de la Université Concordia en Montreal, Canadá. Con sus proyectos ha participado en más de 60 festivales internacionales en más de 20 países. Twitter @ jlsaturno.

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