A morir a los desiertos

El Cine López y los lonches de mortadela

José Manuel Vázquez Navarro

Hace unos días, llegando tarde a casa intenté saciar mi apetito con algo rápido. Un simple sándwich de mortadela con una salsa botanera, me trajo gratos recuerdos de mi infancia; en un momento veía el alto frente del “Cine López” desde la plaza principal de Ciudad Lerdo, en una mañana muy luminosa de domingo, habíamos salido de la misa de nueve e ibamos al “matiné”.


Sobre la banqueta del cine y bajo las escalinatas que conducían a la entrada de “abajo” del cine (había una escalera lateral para “gallopa”), había un señor al que le llamábamos “Don Carlos”, que traía una canasta alargada con el asa forrada de un plástico azul rey y con un mantel totalmente blanco, en el que reposaban perfectamente acomodada, una batería de lonches de mortadela (en pan francés, claro).


Los lonches estaban artísticamente envueltos en su parte posterior con papel de china blanco y en la mitad anterior desnuda se les veía la rebanada de mortadela saliendo como si el lonche sacara la lengua, también se alcanzaba a ver sobre la mortadela unas tiras de verde blanquecino de repollo cortado finito; con maestría, metiendo el brazo en el asa, Don Carlos detenía la canasta para dejar sus manos libres y tomar un lonche con una mano, mientras que con la otra sacaba de su delantal una salsa roja aguada con la que el verde blanquecino del repollo quedaba mancillado.


La botella era de reuso, habría sido de algún aguardiente y tenía un orificio en la tapa para servir; recuerdo el pico de la botella con salsa seca como cochambre. Aunque siempre me emocionaba tener aquel envoltorio en mis manos al entrar a la sala y acomodarme en una de las butacas de madera y metal, la emoción siempre terminaba a la mitad del lonche, en el que no había más mortadela, pero si una buena cantidad de repollo finito y migajón embebidos en aquella salsa aguada.


Mis favoritas, eran las películas de luchadores, aunque a veces había cómicas como las de “Viruta y Capulina” (también fui engañado a ver a “Pily y Mily” o “Joselito”, hecho que sigo sin perdonar a mis hermanas); las del Santo eran otra cosa, mi mayor recuerdo es aquella aventura del enmascarado de plata luchando contra una seductora vampiresa muy vampira, personificada por la entonces sensual Lorena Velazquez. Película, ahora de culto, que identifica a la corriente de un cine de fantasía mexicano bastante ingenuo, que ha sido catalogado como “kistch”.


El cácaro, era el mote con el que nacionalmente se designaba a la persona que operaba el proyector; por lo que cuando se cortaba la cinta la rechifla era general seguida del grito ¡despierta, cácaro!, o la muy lerdense ¡No le cortes tamal! , que aducía al apodo con el que se conocía al operario en el Cine López. Qué días aquellos, una película vieja y un lonche de mortadela con salsa, eran la fórmula de la felicidad.


mavazna@hotmail.com

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