Malos modos

Condenar al oprobio

Julio Patán


Dijo León Krauze en referencia a Manuel Bartlett que las figuras del viejo priismo deberían ser condenadas al oprobio, una afirmación que poco antes nadie le hubiera contestado en los ambientes morenistas, pero que hoy, cuando AMLO nombró titular de la CFE al presunto responsable del fraude del 88, merece matices, cantos a la posibilidad de redención e ironías justicieras de donde no se hubiera sospechado. Por ejemplo, del monero Hernández, que replicó mediante la pregunta de si también habría que “condenar al oprobio” a “figuras emblemáticas de la intelectualidad que legitimaron ese fraude”.

Se ve la voluntad de ironía. Aun así, la respuesta es: no, por varias razones.

La primera, que en ningún contexto es igual de grave usar el poder del Estado para llevar a cabo un fraude, que legitimar el fraude desde los medios o la academia. Pero es que en realidad ninguna figura emblemática “legitimó” el fraude. Hubo quienes lo pusieron en duda, como Paz (creo que erradamente). Otros —Krauze, Zaid— creyeron en él pero no en la conveniencia de llamar de nuevo a elecciones. Estrictamente, ninguna figura respetable creyó en el fraude y lo validó. Eso es una falacia. El resto —lo que convenía al país, lo que representaban uno y otro candidato— pertenece al mundo del debate, que nadie debería condenar, jamás, al oprobio, estigma que sí merece un político que violó los principios de la democracia y la decencia.

Establecer paralelismos o analogías entre los mundos político e intelectual-mediático siempre es peligroso. Vean el siglo XX. Para Chávez, Mussolini, Stalin, un intelectual fue o un “tonto útil”, un decorado del que puedes prescindir en cualquier momento, o una figura peligrosa porque detentaba un poder oculto, de facto, que en realidad no existió nunca: sin excepción, la lucha entre el Estado y el intelectual la perdió este último, vía el exilio, la cárcel, la tortura, la muerte. O, a la cubana, el repudio.

Por eso, la analogía no nada más no se sostiene, sino que es tóxica. A los intelectuales no se les condena al oprobio: se les discute. Pero es que luego se necesitan amparos morales: Bartlett, de pronto, se volvió una figura respetable para muchos. Justifícalo, a ver… A propósito, no lo hace Hernández, que en un cartón pone a Obrador en primer plano diciendo que mientras su titular de Semarnat defenderá a los aluxes, él defenderá a algunas especies de dinosaurios. En segundo plano aparece uno con la cara de Bartlett. Tal vez sonríe. Pues sí. Es su cuarta, o quinta o décima transformación.

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