Columna de Laura Ibarra

El extraño origen del culto a los niños héroes

Laura Ibarra

Como todos los años, este 13 de septiembre volveremos a recordar el sacrificio militar de los llamados “niños héroes”. Pero, ¿cómo empezó esta celebración? ¿qué hay en ella de historia o de leyenda?

El 12 de septiembre de 1847, las tropas estadounidenses, que habían invadido nuestro país, empezaron su ataque al Castillo de Chapultepec, que en ese entonces era ocupado por el Colegio Militar. Debido a su situación, en la cima del Cerro del Chapulín, era uno de los últimos obstáculos que el Ejército invasor debía librar para abalanzarse sobre la capital. Todo ese día el ejército invasor bombardeó la línea de defensa.

Unos días antes de la batalla, el General Mariano Monterde, director del Colegio, les había pedido a los cadetes que se fueran a sus casas. Era imposible que con las fuerzas militares con las que se contaba se pudiera detener con éxito al enemigo. Pero algunos de los cadetes pidieron permiso para quedarse. Sus edades oscilaban entre los 12 y los 18 años.

La defensa del Castillo era comandada por el general Nicolás Bravo, uno de los héroes de la Independencia. Ante el inminente ataque de los estadounidenses, Bravo había solicitado refuerzos, pero la única ayuda que le fue enviada fue el Batallón de San Blas. Santa Anna y el resto del Ejército mexicano se encontraban repeliendo un falso ataque en la garita de San Antonio.

En el fragor de la batalla, algunos de los cadetes más jóvenes trataron de salir por el lado del Jardín Botánico. Algunos de ellos lo consiguieron, protegidos en la retaguardia por Francisco Márquez que a sus 12 años logró mantener a raya al enemigo hasta perecer. Muchos murieron en la defensa y la mayoría de los sobrevivientes fue hecho prisionera.

Aunque la historia de los cadetes era conocida durante el porfiriato, la defensa de Chapultepec y los “niños héroes” alcanzaron otra dimensión a partir de un extraño decreto presidencial que incorporó su memoria a los rituales oficiales de una clase política que recurrió a la historia para legitimarse.

En marzo de 1947, el presidente de los Estado Unidos realizó una visita oficial a nuestro país, cuando se conmemoraban 100 años de la guerra entre ambos países. Según el historiador Alejandro Rosas, Truman para tratar de agradar a los mexicanos colocó una ofrenda floral en el altar de la patria. Este “homenaje” desató la indignación de la opinión pública y revivió un fuerte rencor hacia el país vecino.

Miguel Alemán, presidente de México, trató de apaciguar los ánimos y hacer olvidar su desatinada invitación (¿A quién le recuerda esto?) y recurrió a una manipulación de los hechos históricos. Poco después de la visita de Truman, los diarios anunciaban en las primeras planas que durante unas excavaciones al pie del Cerro de Chapultepec fueron encontrados seis osamentas que seguramente pertenecían a los niños héroes. A pesar de los historiadores tenían serias dudas de ello, nadie se atrevió a contradecir el decreto del presidente en el que declaró oficialmente que los restos pertenecían a los seis niños héroes. El mismo Instituto de Antropología e Historia lo avaló. El sacrificio de muchos otros cadetes pasó entonces al olvido.

Desde luego, que resultaba extraño que alguien al final de la batalla hubiera podido recoger los seis cadáveres y los hubiera enterrado uno junto al otro. Los huesos no fueron nunca objeto de algún análisis científico.

Una vez tomada la capital, los miembros del Ejército estadounidense se comportaron de la peor manera. Guillermo Prieto escribió: “Toda esta multitud hacía una pública ostentación de su glotonería, de su intemperancia, de su extremada suciedad y de sus maneras bruscas y enteramente opuestas de la raza de los países meridionales... [Era inverosímil] que tal fuese el ejército de una nación que ha pretendido colocarse a la vanguardia de la civilización y cuyos ciudadanos creen ser los más ilustrados del mundo”. Como se ve, el gringo grosero y vulgar no nació ayer.

Los yanquis buscaban sólo tres cosas: juego, bebida y mujeres. Las casas de juego eran también salones de baile y burdeles. Lo que dejó inmensas ganancias a los propietarios de estos lugares de entretenimiento.

La paz entre México y los Estados Unidos se firmó el 2 de febrero de 1848 en la Villa de Guadalupe Hidalgo. México dio al país vecino más de la mitad de su territorio a cambio de 15 millones de pesos. Aunque el acuerdo de paz se firmó en febrero, las tropas estadounidenses abandonaron la capital el 12 de junio. En total habían ocupado el país durante nueve meses. México empezó a despertar de un estado de shock.

El episodio de la defensa de Chapultepec merece ser recordado, pero también hay que estar alerta a las manipulaciones a nuestra historia por aquellos que ven en ella una narrativa con sitio para cualquier cosa.

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