Diario de campo

La nueva participación ciudadana, 2/2

Luis Miguel Rionda

Estoy convencido de que la participación ciudadana es fundamental para este nuevo modelo de convivencia política que busca impulsar la cuarta transformación. Los institutos electorales de las entidades federativas estamos muy comprometidos con la promoción de la misma, como resultado de la construcción de ciudadanía mediante la educación cívica. Este es un tema de frecuente tratamiento en nuestros encuentros nacionales y regionales. Por ejemplo, los pasados días 29 y 30 tuvimos el encuentro regional “La Ruta de la Plata”, bajo los auspicios del Instituto Estatal Electoral de Aguascalientes. Siete organismos electorales estatales y el INE debatimos y reflexionamos sobre la educación cívica y la participación ciudadana. Varios compañeros del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato asistimos, entre ellos nuestro presidente Mauricio Guzmán y la consejera Beatriz Rangel. A mí me tocó participar en la mesa de análisis sobre la participación ciudadana, y me quedó claro que existen diferenciales en el nivel de involucramiento de los habitantes de cada entidad sobre el debate y solución de sus problemas públicos, y que además el instrumental legal disponible para que el vecino de a pie pueda interactuar con los poderes de su municipio o entidad es también muy disparejo. Haciendo una comparativa entre nuestras leyes de participación y consulta ciudadanas, nos quedó la convicción de que hay mucho por hacer para que esos estatutos puedan estar al alcance de la sociedad organizada. Se ha legislado con poca voluntad de abrir espacios efectivos para la consulta, y eso se ha traducido en muy pocos ejercicios desarrollados en la región centro-occidente. Para convocar a un plebiscito o un referéndum sobre un acto de gobierno —en el primer caso— o sobre una ley o norma a ser emitida o reformada, se demanda que los grupos sociales interesados recolecten firmas con umbrales exagerados: 10%, 20% de la lista nominal. Y es peor para que el resultado sea vinculante para el Estado: en el caso de Guanajuato una participación de más del 50% del electorado, y un resultado superior al 60% de los votos emitidos. La situación es más o menos similar en las otras seis entidades que acudieron al encuentro La Ruta de la Plata.

El tema se volvió a tratar en otro encuentro realizado apenas esta semana en la ciudad de Mérida, convocado por el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana (IEPAC) de Yucatán. Se trató de la Jornada por la Inclusión y la Igualdad de los Derechos Político Electorales. Ahora acudimos no sólo miembros de los institutos electorales locales, sino también representantes de comunidades tradicionalmente discriminadas: indígenas, discapacitados, adultos mayores, jóvenes, y miembros de colectivos de la diversidad sexual. Se trata no sólo de participar en los espacios públicos y políticos, sino hacerlo desde una agenda de la inclusión y el respeto a la diferencia. Fue muy estimulante escuchar y compartir con los excluidos, los discriminados y los diferentes, que levantan sus voces para ser oídos y convocados a construir una nueva sociedad incluyente. Hay que partir del reconocimiento de que México no es uno: somos muchos, y que la uniformidad niega la diversidad. Hay que reconstruir un país que en sus orígenes se fundó en la homologación de sus diferencias, y se construyó un nacionalismo excluyente, machista, racista, discriminador y homofóbico. Esta diversidad hoy emergente siempre estuvo ahí, pero negada e incluso combatida. El autoritarismo político reprimió las expresiones divergentes y quiso imponer un proyecto artificiosamente unificado. La sociedad civil participativa ha desdibujado esta máscara y está logrando la redefinición de los referentes de la mexicanidad, que hoy es más polícroma que tricolor, más políglota que monolingüista, más plurirreligiosa que católica, más interracial que racista, más postmoderna que premoderna, más cosmopolita que provincial. El valor de la participación es inseparable del orden democrático efectivo, aquél que va más allá de las urnas, y que invade el resto de las esferas públicas e incluso lo privado. Es un valor ético que aspira a convertirse en valor moral, y para ello sólo se requiere que sea absorbido y aceptado como clave genética del cromosoma que nos permite cohabitar y desarrollarnos como animales gregarios.
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* Antropólogo social. Consejero electoral del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato. Profesor ad honorem de la Universidad de Guanajuato

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