Columna de María Doris Hernández Ochoa

Codicia y avaricia, malformaciones

María Doris Hernández Ochoa

En los últimos años y con mayor énfasis en las últimas semanas, han estado surgiendo a la luz pública más actos de corrupción en los que el objetivo común ha sido el agenciarse bienes de manera ilegal, especialmente de quienes han detentado el poder público .

Varios que fueron poderosos están en la cárcel, son perseguidos por la Interpol o están bajo observación por las autoridades. Los mejor librados solo los cubre la sombra de la sospecha o son vistos con desprecio por el pueblo.

Es curioso e inexplicable a la luz de la razón cómo las personas, con tal de tener más poder económico, desafían primero las normas éticas, los controles financieros del gobierno y luego la opinión pública, exponiendo al escarnio a toda una familia, al prestigio de la política. Finalmente la imagen del país se opaca cuando trasciende las fronteras los actos de corrupción. ¿Dónde quedó el honor, el orgullo, la solvencia moral? El origen de esta conducta, según el biólogo Javier Del Arco, es el afán o deseo desordenado de poseer riquezas, bienes, posesiones u objetos de valor abstracto y concreto con la intención de atesorarlos para uno mismo, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia básica y la comodidad personal. Se le aplica el término a un deseo excesivo por la búsqueda de riquezas, placer, estatus y poder.

La codicia, por su parte, es el afán excesivo de riquezas o de personas, para su utilización ilícita, inmoderada y/o criminalmente lucrativa. También es aplicable en situaciones donde la persona experimenta la necesidad de sentirse por encima de los demás desde un punto de vista relacionado con el poder, la influencia política, el resplandor social, la ostentación, el éxito económico, sexual y de cualquier otra manera imaginable, permitiéndose incluso, en un obsceno alarde de cinismo, dar lecciones de supuesta probidad moral.

La codicia y la avaricia generan comportamientos negativos tales como la aceptación del soborno y de recompensas ilícitas, el formar sociedades mercantiles con el propósito deliberado de defraudar (como las célebres casas de ahorro que arruinaron a miles de familias) y traición a la buena fe de los demás…

Pero afortunadamente, en muchos casos, el ego se derrumba tarde o temprano o tiene trágico fin, como el caso del presidente Alan García. _

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