Columna de María Doris Hernández Ochoa

Entre “el pueblo soy yo” y “el estado soy yo”

María Doris Hernández Ochoa

A mediados del año pasado estuvo en Tampico el historiador Enrique Krauze para presentar su libro “El pueblo soy yo”, cuyo tema central es mostrar una anatomía del poder en América Latina, y tratando de responder a preguntas como: ¿Por qué nuestra América ha sido tierra de caudillos y líderes carismáticos? ¿Cuál es nuestro concepto de Estado y por qué, en muchos casos, es tan preponderante sobre los individuos? ¿Cuál es la genética de nuestras revoluciones? ¿Por qué pende siempre sobre nosotros la sombra del poder absoluto concentrado en una persona? ¿Por qué ha sido tan difícil arraigar las instituciones, leyes, valores y costumbres de la democracia liberal, en especial, en México?
La obra pretende hacer un paralelo con la joya del absolutismo monárquico cifrado en la frase “El estado soy yo”, atribuida al rey Luis XIV, de Francia a inicios del siglo XVI, que significaba que el soberano estaba por encima de la ley, mientras que el pueblo tenía la calidad de súbdito sometido a la autoridad del monarca.
Este sistema de gobierno prevalecía en España, Francia, Italia e Inglaterra, y duró mientras se empezaban a fraguar los cimientos de las revoluciones.
Los sostenedores de la monarquía obviamente favorecidos por ella, proclamaban que el poder del rey emanaba de la voluntad de Dios, con facultades de trasmitirlo por herencia. La guillotina se encargó de informar que no era tal, cuando rodó la cabeza de Luis XVI en la plaza de la Revolución el 21 de enero de 1793 mientras el pueblo cantaba “La Marsellesa”.
Aunque no lo menciona el historiador, deja ver entre líneas que nuestro país se encuentra en condiciones de convertirse en un pueblo sin rostro y sumiso ante un presidente, que se pueda adjudicar todas las facultades, manipulando a los poderes Legislativo y Judicial para alinearlos a su proyecto; pero eso sí, un pueblo contento porque se les estarán entregando beneficios que no esperaba, con la limitación psicológica de no “patear el pesebre”.
México necesita mentes abiertas, independientes, generosas, sabias y que posean la escasa facultad de prever el futuro. _

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