Columna de María Doris Hernández Ochoa

Violencia contra la mujer y El Proceso kafkiano

María Doris Hernández Ochoa

La violencia contra las mujeres en México se ha recrudecido: cada vez hay más víctimas desde acosos y hasta la muerte. 

Es un fenómeno que está alcanzando niveles preocupantes por la incidencia y la nula atención de las autoridades para erradicar esa ola delictiva. 

Hay violencia llamada doméstica (¿ hogar dulce hogar ?), en el transporte público con nota de alarma en el Metro de la capital; también hay diferentes riesgos de violencia eventualmente en los centros de trabajo, desde oficinas muy elegantes hasta en las fábricas. 

También en algunos centros escolares y en el camino de regreso al hogar, sobre todo si se trasladan solas. Ante esta situación, la mujer tiene derecho a manifestarse y a exigir se le brinde seguridad. 

Hace días marcharon en la Ciudad de México; más de 5 mil para protestar contra una nueva manera de secuestrarlas. 

En el Metro los casos alarman: un hombre se acerca a una joven para agredirla; esta comienza a gritar y pedir ayuda; el hombre, sin embargo, replica con palabras cariñosas; a quienes los observa les dice “es mi novia”; como supuestamente se trata de una pelea de pareja, las personas se alejan, prefieren no intervenir; acto seguido, el hombre secuestra a la mujer. 

Se desconoce el paradero de las secuestradas, pero no se descarta que puedan ser víctimas del tráfico humano. 

Una valiente mujer de apellido Velázquez relata que apoyada por otras personas, persiguió al agresor y decidió presentar su denuncia. 

Se tardó 12 horas en la Procuraduría. “Había únicamente una agente del Ministerio Público para atender todas las denuncias que llegaban. En el tiempo que estuve ahí pude ver que otras cuatro personas llegaron a denunciar delitos sexuales. 

El proceso resultó muy tardado, la MP hacía lo que podía para resolver esos casos”. 

Todo esto parece sacado de la novela de Franz Kafka, “El Proceso”, que relata el martirio de una persona por salir de un atolladero judicial sin haber materia, y muere en prisión sin conocer por qué llegó allí y de qué se le acusó. 

Volviendo al relato, cuando es detenido el agresor, la policía acude rápido, hay un testigo de los hechos y hay disposición a denunciar, pero le espera un proceso que pareciera tener como objetivo desanimar la exposición de los hechos y disminuir el trabajo. 

Como si la apuesta de las autoridades fuera cansar a las víctimas para que desistan, por lo que el proceso se vuelve una carrera de resistencia. 

¿Qué nos espera a las mujeres en el sur de Tamaulipas ? ¿ Estamos preparadas para defendernos? Y en su caso, ¿tendremos el valor de denunciar? 

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