Fajadores y estilistas

A casi nada

Martín Eduardo Martínez

Hace tres meses, Jaime Munguía se entusiasmaba con la posibilidad latente de medir sus puños contra los de Gennady Golovkin, pero el sueño se vio interrumpido por la clara negación de la Comisión Atlética de Nevada. En mayo, Sadam Ali, entre la distorsión y el asombro, vio cómo el título superwelter (que éste le quitara a Miguel Cotto en 2017) le era arrebatado ahora por un tijuanense bien parado, con un juego de piernas firmes que no podían más que dar pasos confiados sobre la lona, y poseedor de una pegada contundente que derribó al estadounidense en cuatro ocasiones en cuatro rounds, lo que coronó de inmediato al mexicano como el nuevo campeón mundial.

Entonces pareció para algunos que la Comisión Atlética se había equivocado y que Munguía podría haber sido un digno retador de GGG, y que los ahora 25 nocauts de su récord serían suficientes para no perder la confianza por un buen rato. Sin embargo, el sábado pasado fuimos testigos de una pelea que, tratándose de la primera defensa del campeonato, dejó mucho que desear. No se niega, desde luego, que el hambre de victoria de Munguía es notoria y que su desempeño sobre el ring no fue lo más terrible, pero ni eso ni sus 21 años fueron suficientes para noquear —todos lo esperábamos— a Liam Smith, quien soportó los 12 episodios sin mayor contratiempo que un derribo contundente en la sexta vuelta y otro que casi se concreta en la novena.

Ese noveno asalto, así como el undécimo, fueron, quizá, la muestra de lo que antes de iniciado el pleito pensamos que podrían ser los otros diez: estresantes y siempre álgidos. Pero a pesar de haber sido superior a lo largo de todo el combate, el tijuanense salió a la arena como quien sale en su nuevo auto con el temor de que lo despojen de él desde el primer día. Ese Munguía rígido, casi inmóvil en el comienzo, hizo que el juego de cintura y la resistencia del inglés fueran mucho más vistosos y las tarjetas se inclinaran a su favor. De a poco el mexicano pudo despertar y demostrar su temple, pero sus piernas eran unas muy distintas a las del combate contra Ali, con mucho movimiento pero nada de equilibrio, una guardia baja que protegía zonas de poco riesgo y una táctica de ataque que en general logró conectar, más que a Smith, al aire.

No quiero decir con lo anterior que le exija demasiado al tijuanense o que Smith sea una poca pieza que puso en exhibición a nuestro peleador, ni quiero afirmar tampoco que este Jaime Munguía a mi parecer disminuido haya sido producto de los descuidos del boxeador mismo, sino que su equipo de trabajo, su entrenador, la confianza ganada, la juventud y destreza natural pudieron ser el conjunto ideal para marcar una diferencia significativa en esta batalla tan importante para la joven promesa. La pelea supo al triunfo por decisión unánime, claro está, pero también a inexperiencia. Aun así, la humildad que ha mostrado Munguía hasta la fecha es la de un combatiente poderoso que sabe que necesita ganar para crecer, continuar, luchar hasta el límite y, sobre todo, la de un guerrero que es consciente de que un día también tendrá que saber perder.

mar_mtz89@hotmail.com



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