Fajadores y estilistas

Ali

Martín Eduardo Martínez

El día del aniversario del natalicio de Muhammad Ali llegó a mi bandeja de correo la noticia de que el nuevo aeropuerto de Louisville, en Kentucky, llevaría por nombre el del boxeador. Pese a que existe alrededor de su mote una larga fila de detractores, los hay en mayoría partidarios del sujeto que se volvió mito, y decidí darle un lugar antes de que otra cosa pudiera suceder. Decía Norman Mailer que el combate entre George Foreman y Muhammad Ali parecía haber durado poco, mucho menos tiempo del que en realidad había transcurrido desde el primer campanazo hasta el octavo round—en que Ali noqueó a Foreman—, debido a la cantidad y frecuencia de los golpes tirados por los protagonistas de aquella pelea que fuera considerada una de las mejores de la carrera del de Kentucky, además de la trilogía apabullante librada contra Joe Frazier en sus años dorados. Es probable que el sentimiento general de los asistentes a aquel encuentro fuera el propuesto por Mailer, pero para los dos guerreros sobre el ring pudo haberse tratado de una seria eternidad.

Aunque en vida Muhammad Ali disfrutó del cariño de sus seguidores y de su familia, eso no lo eximió de haber cargado en sus espaldas el conflicto, la mala pinta, una reputación deteriorada y múltiples controversias o venias desafortunadas, como esa de esquivar la prisión tras negarse a participar y luchar en Vietnam. Pero, aunque sabotearse o rectificar el camino requieren siempre seso y premeditación, a Ali nunca se le vio tan bien, tan lúcido e inteligente, preparado para cualquier adversidad e imprevisto, como cuando estaba dentro del encordado frente a otro como él, siempre dispuesto a ganarlo todo porque no sabía cómo perder.

El hombre que jugaba con sus retadores, enloqueciéndolos con sus volados y entregándose a sus propias piernas como ídolos que merecían toda la fe le ganó al tiempo y a los rankings mejor valorados en la historia del boxeo. Se dispuso a convertirse en una leyenda y lo consiguió, siendo incluso presa del racismo y de severos ataques religiosos, consagrándose como el mejor libra por libra desde su trinchera de los pesos pesados de todos los tiempos. Cierto o no, seguimos esperando a alguien siquiera similar en el arte de hacer daño por la vía legal, sin importar el idioma de la madre que lo eduque.

Ali el showman, empresario, conferencista, transeúnte irreverente, poeta que escribía con golpes, tirano entre las cuerdas y humano en la tierra, cortante y venenoso, heredero de una estirpe desconocida de combatientes a manos llenas por ideales que pocos podrían pagar en una apuesta simulada, dio al universo del deporte la mejor de las caras que tenía para mostrar a las cámaras: la de un hijo de perra redimido por la propia vida, la del delincuente que se pasea por la calle, consciente de que el crimen que acaba de cometer ha sido en beneficio mayor antes que placer individual.

Ali, que fuera moldeado con las manos de Angelo Dundee, forjador de nombres tan potentes como Sugar Ray Leonard, Mantequilla Nápoles, Carmen Basilio, escribió su propia novela en la que el personaje era él mismo, un arrogante ícono de la cultura pop mundial que buscaba la libertad ideológica y física suya y de todos los individuos y que sabía callar, no obstante, cuando era en definitiva la mejor opción.

Pues bien, como dije al inicio, Muhammad Ali, de nombre real CassiusClay, habría cumplido 77 años el pasado 17 de enero y, como en muchos de sus cumpleaños antes y después de su retiro, aun sufriendo el Parkinson con el que se despidió del mundo, habría tenido como mejor regalo el recuerdo y la certeza de haber sabido inquietos, ansiosos y destruidos a sus rivales, que lo pusieron en aprietos mientras, con el mejor de sus esfuerzos por derrotarlo y despojarlo así de títulos y apostadores a favor, le equiparon sin saberlo las zapatillas con la más fina brea de un campeón convertido en bandera.


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