Fajadores y estilistas

El universo en 12 asaltos

Martín Eduardo Martínez

Tirar golpes es una actividad tan antigua como la necesidad primaria del hombre por defenderse de las amenazas circundantes y reñir con otros de su especie. Pero por sano entretenimiento o por pasión, con el transcurrir de los siglos ese espectáculo en un principio violento ha evolucionado para muchos en una forma exquisita de gastar los fines de semana frente a la pantalla.

Mi camino por el box ha sido la construcción de un panorama en retrospectiva y, quizás, he andado sus senderos de una manera tardía. Recuerdo haber entrado a ese mundo de campeonatos, onzas y pesajes gracias a la influencia indirecta de mi padre cuando yo, más que un peleador, era la carne de cañón, el retador despistado que perdía las batallas dentro y fuera del salón de clases, y a finales de 2004 se hablaba todavía con calor de lo que representaba para el boxeo mexicano la trilogía apabullante contendida en ese y en años anteriores por Erick Morales y Marco Antonio Barrera. Más adelante, al tiempo de embarcarme en el estilo imponente de guerreros como Dinamita Márquez, el Bandido Vargas, Siri Salido, o más recientemente el Gallo Estrada o el Alacrán Berchelt, hablando del deporte en nuestro país, decidí “recordar” las peleas de las que no había sido partícipe y encontrarme de lleno con una de las tradiciones más nobles y ricas del mundo contemporáneo.

Las opiniones acerca del boxeo, como las decisiones en el deporte mismo, suelen estar divididas. Hay quienes afirman que se trata de un evento clasificable únicamente como bárbaro, pero existen otros que confían de manera plena en su belleza y en la capacidad innegable de ser comparado con la vida misma —golpear sin recibir—, en la que dos pugilistas convierten el intercambio de golpes en una verdadera obra de arte en 10 o 12 rounds, que no es decir poca cosa. “La realidad, además, nos da cada día ejemplos para creer que un ring de boxeo es el lugar más inofensivo e incruento de la tierra. Si no lo creen lean el diario de esta mañana y verán cuán herido está el mundo”, afirma Eduardo Lamazón en el prólogo a la primera entrega de A puño limpio. La gran historia del boxeo, de reciente lanzamiento tripartita entre las editoriales El salario del miedo, Almadía y Proceso.

Pero la cultura de la llamada dulce ciencia es inmensa, y debajo del ring, como en discursos como el cine y la literatura, también se han librado batallas épicas; los grandes combates han sido el detonante en la escritura de piezas literarias memorables, teniendo como protagonistas a boxeadores reales o ficticios bajo el empleo de formas en apariencia tan disímiles como la crónica o la poesía, pasando por el ensayo y la narrativa. Jack London, Ernest Hemingway, Norman Mailer, Julio Cortázar, Rafael Ramírez Heredia o Ricardo Garibay, por mencionar a dos mexicanos sobresalientes en la ardua tarea de golpear al adversario encarnado en el teclado de una máquina de escribir, son algunos de los nombres más afamados y recordados que ha dado el box desde la trinchera del lenguaje plasmado en papel.

Pasearemos aquí por esa amplia gama de posibilidades que otorga el pugilato, a sabiendas de que lo cierto es que, se quiera o no, mientras se tira metralla arriba o abajo del ring se tejen algunas de las más grandiosas historias de la humanidad, escritas o vividas, que conforman un universo por demás deleitable para quienes no nos conformamos con ser una sola vida. Y eso es algo que no se puede evitar.

mar_mtz89@hotmail.com

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