Fajadores y estilistas

Los libros que no necesitamos

Martín Eduardo Martínez

Charles Perrault decidió escribir algo avanzado en edad sin imaginar que durante más de tres siglos sus cuentos (o las múltiples reinterpretaciones a veces risibles de ellos) continuarían en la canasta básica de los principiantes y avanzados de la lectura. Daniel Defoe escribió su Robinson Crusoe pasados los cincuenta años; José Saramago, aunque iniciado con varios años de antelación, alcanzó su notoriedad cerca de los cincuenta y cuatro. Como ellos, muchos autores que de entrada no habían considerado la posibilidad de entregarse a las letras se involucraron tarde en su propia producción, y sin embargo no fallaron. Continúan en nuestros estantes por una sencilla razón: la gran calidad de su escritura.

Leer, escribir o editar un libro son, o deben ser, en inicio, actos de dignidad y fidelidad con uno mismo. Si al escribir un libro el autor se siente insatisfecho, mejor sería ni siquiera ofrecerlo a una editorial; si un libro no atrapa al lector, ninguna obligación tiene de terminarlo. Si un editor se siente traicionado por sí mismo al lanzar un título al mercado, debería considerar el cambio de giro o el retiro. No quiero decir que esté prohibido sentirse feliz publicando libros de autoayuda y bestsellers al por mayor, quiero decir algo peor: hay libros que en definitiva no deberían de existir por esa misma dignidad. Plantearse si un libro merece la tala de árboles, el trabajo arduo de correctores, diseñadores y editores, el flete de las tintas y el papel y el mecanismo de distribución es algo que en el dorado mundo de la utopía y la ingenuidad todos los autores deberían compartir, por exagerado que suene el escenario. Pero no es así.

A Jorge Travieso Arce le pareció una idea fabulosa lanzar un libro con su experiencia como campeón de box. Una promesa que cambió mi vida es el libro con el que el Travieso se estrena como protagonista de una historia, la suya. Digo protagonista mas no autor porque no lo es, sino el solicitante exprofeso de un trabajo de entrevistas, recopilación de información, redacción y publicación a cargo de una tal Dra. Norma Ivonne González Treviño, quien, con esa seriedad y academia tan propia de los doctores, se hace llamar “BonnyGlez”. Ya imaginará el desastre. En el libro, la promesa de Arce a su padre de convertirse en campeón si éste mejoraba su situación médica luego de un mal episodio de salud es lo que conforma la columna vertebral del relato. Creo, de verdad, que hay historias que valen la pena ser leídas en un libro, sean o no ficción; hay documentales, entrevistas y testimonios que merecen ser escuchados por tratarse de personajes importantes de alguna manera. Otras narraciones, en cambio, pasan por el mundo sin pena ni gloria. Y así como creo en lo anterior, creo que el libro de Jorge Travieso Arce es uno de esos que de facto no debieron ver la luz por la broma que son el peleador, su carrera y la fabulosa doctora-autora Bonny Glez.

Norman Mailer escribió El combate, una crónica vertiginosa del tiro histórico entre Muhammad Ali y George Foreman, un vaivén sudoroso de actividad a través de la lectura. Los libros de Ricardo Garibay, amante del boxeo y buen retratista de las glorias y aventuras del gran Rubén Púas Olivares, tienen en sus líneas el mismo espíritu capitalino del barrio bajo y las trompadas que el bueno de Chava Flores manejaba en el folclor, la parodia y la ironía, lenguaje que pocos pueden adoptar, depurar y concebir por falta de sinceridad. Joyce Carol Oates publicó un magnífico ensayo acerca de los boxeadores, su esencia, clase social y hambre de ser héroes y existen varias buenas antologías que presentan las credenciales de narradores con un peso respetable. Hay libros que añoramos y hay libros que sencillamente no necesitamos. ¿Cómo ayudarle, cómo explicarle a Travieso Arce que el chiste terminó desde hace un buen rato?


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