Fajadores y estilistas

Round 13

Martín Eduardo Martínez

Existen maneras muy diversas de hacer algo; distintas formas para comer, para reír, para hacer el amor. Pero también hay formas muy dispares para vivir o perder la vida, se siga o no en este mundo. Las pérdidas se cuentan, las batallas no ganadas pesan en nuestra conciencia por su carácter de error, negligencia o simple destino; las oportunidades que nunca volverán a nosotros se reflejan en el espejo de nuestras mañanas antes de ir al trabajo y seguir empujando algo que no siempre sabemos qué es, con la derrota asegurada a cuestas.

Hace algunos días, mientras el scrolling en internet era mi mejor aliado, me reencontré con un nombre prácticamente olvidado en la escena del box de nuestro país. Ágil, bravo, entero; 81 peleas ganadas, 71 nocauts, campeón de peso ligero que se quedó con las ganas de enfrentar a Julio César Chávez por lo menos una vez en toda su vida. Los reflectores y las cámaras lo señalaron, sobre todo en la década de los ochenta, como uno de los más grandes golpeadores en la historia del boxeo internacional. Puro orgullo mexicano. Pero la gloria también golpea, y Rodolfo el Gato González, quien tuvo una vida profesional de vaivenes, se fue a una esquina neutral de la que no sabemos si podrá salir con el puño en alto.

Voy a YouTube y observo cómo la tristeza se apodera de él y los ojos se le ponen cristalinos al recordar su vida de campeón mientras es entrevistado en el que en ese momento fuera su hogar, el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México —actualmente se encuentra preso en el Centro Varonil de Seguridad Penitenciaria II—, acerca de las actividades boxísticas que lleva a cabo como entrenador con el fin de aportar algo de su gran experiencia a otros internos que, como él, sufren diariamente los atroces ataques de custodios y compañeros de celdas. Acusado de homicidio y aprehendido hace diez años, el Gato, quien afirma que fue encarcelado “por pelearse en la calle”, pasa sus días intentando soportar la vida dentro de ese otro mundo, más doloroso todavía, desconocido para la mayoría de nosotros, pero ni la violencia ni la pesada carga emocional amainan su espíritu de gladiador, y todos sus esfuerzos se encaminan a la formación de nuevos campeones tras las rejas, con la fragilidad por delante y hundido entre la paradójica suciedad de un patio de lavado y un gimnasio improvisado con pesas y máquinas rústicas.

Uno no está preparado para los próximos diez minutos de su existencia, y sin embargo se hacen planes dirigidos a una inmortalidad aparente, pero las curvas aquí son inesperadas, y donde hubo risa a veces se planta de lleno el dolor y la nostalgia. Quizá el campeón ligero no estaba listo para salir de lleno a la fama, que lo sedujo y lo atrapó en ocasiones que, no obstante, supo sortear bien plantado, tal como lo hizo en el ring en sus mejores años. Quizá no estaba listo para los golpes bajos que tuvo que recibir.

No son ninguna nueva noticia los boxeadores a quienes el alcohol, las drogas o las deudas los han lanzado fuera del encordado, y pasan sus últimos años clavados en la depresión y las sombras. Así sabe el recuerdo de una de las glorias mexicanas, un hombre desmadrado por las circunstancias y la destrucción externa o autoinfligida. Después de tocar el cielo con los puños, el Gato bajó a la tierra y le tocó perder la libertad y con ello la vida, y aunque se mantiene firme y visiblemente fuerte pese a su edad, luchando como reo este round extraoficial, parece que las vidas se le están acabando.

mar_mtz89@hotmail.com

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