Fajadores y estilistas

“Se llamaba Rayo”

Martín Eduardo Martínez

Vienes de abajo y topas de pronto con un mundo nuevo e inesperado, de implicaciones que lindan con una frontera muy finaentre la belleza y la tragedia. Ya no hay mugre en todos lados ni perros casi muertos de hambre que les ladran a los peatones hasta recibir una patada en el hocico. El barrio bajo queda atrás y los incrédulos ya se han esfumado de la faz de la tierra; la talacha y el trabajo rudo se han cambiado por duros entrenamientos en el gimnasio, y ahora el modo de vivir la vida se condensa entre reportajes de prensa, reconocimiento, nuevos retos y, por poco, felicidad. Pero de súbito todo comienza a descomponerse y el fracaso se instala en la puerta.

En 1984 Joaquín Mortiz publicó por primera vez El Rayo Macoy, una colección de cuentos de Rafael Ramírez Heredia, que retrata una Ciudad de México que no ha desaparecido y jamás lo hará, en la que conviven al unísono la violencia y el erotismo o la búsqueda de una identidad que no llega a concretarse pese a los intentos incansables de sus personajes. Entre los seis textos que componen el libro, sobresale uno que fue galardonado en múltiples ocasiones por su carisma y su universalidad: el homónimo “El Rayo Macoy”.

Con una narración vertiginosa, mezclada con voces de personajes que conocemos y otros que apenas si podemos intuir, Ramírez Heredia propone un texto que roza la realidad más que cualquier ficción, llena de ruido y fiesta, como las voces entre el público en una pelea de box, y nos lleva de la mano a conocer la historia —que es muchas historias dentro y fuera del cuento— de Filiberto Macario Reyes, el Rayo Macoy, un repartidor de medicinas a domicilio que trabaja en la Colonia del Valle, en la capital del país, enamorado eterno de Sofía Santos, una novia de su pueblo natal, ahora lejana por las circunstancias.

Burlado en principio por sus amigos, el Rayo, fiel creyente de la Virgen de Guadalupe, mantiene una ambición paralela a su trabajo a bordo de una bicicleta; él quiere ser boxeador, y dejar atrás la poca fe que le tienen las personas a su alrededor. No obstante, en un escenario en el que el alcohol nunca es suficiente y la fiesta siempre es poca, somos testigos de un desfile de orfandades biológicas y emocionales, de vicios, travestis, sexo, combates y glorias pasadas, autos lujosos, oro, diamantes, vedettes, violencia, prensa pagada, Tin Tan y Pedro Infante, Cascabel, un travesti que dice ser tan “sonora” como la poesía de García Lorca, bodas improvisadas, gritosy accidentes, así como la próxima pelea por el campeonato mundial de peso gallo contra Jim Brady que, triste noticia, nunca llega,debido a una demencia repentina que se infiere mas no se explica.

El barrio bajo y el pueblo se convierten al mismo tiempo que Macoy en las antípodas de sí mismos, entre la confusión y la ligereza de ser arrastrado por las luces incandescentes de la farándula y los managers corruptos. Atestiguamos así el nacimiento de un pobre diablo venido a más que no sabe qué hacer con su tiempo y su dinero, y nos damos cuenta en ese espejo que Ramírez Heredia nos entrega en la palma de la manoque nada podemos hacer para evitar que la historia se repita, que este cuento no es más cuento, sino testimonio, que en esta vida todo es prestado “y más cuando el dinero te lo presta un licenciado” y, en definitiva, que cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

mar_mtz89@hotmail.com

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