Fajadores y estilistas

¿Y si no era más bonito?

Martín Eduardo Martínez

Escucho entre mis conocidos muchas quejas de que el box es una industria que está en picada, que todo está arreglado, que las peleas son a modo y que no hay buenos prospectos de los puñetazos. Naturalmente, son ya lejanos aquellos momentos de principios del siglo XX, que llegan a nosotros solo a través de viejas fotografías, en las que jóvenes ilusionados disputaban más en la clandestinidad que en establecimientos propios para el pugilato tiros de finales sorprendentes, que terminaban muchas veces con la calma general del respetable —entre bocones y apostadores— y se armaban los trancazos en batalla campal. Lejos están también los orgullos mexicanos del boxeo que portaban “fajines” en lugar de cinturones bañados en oro para ser reconocidos como la crema fina de la más dulce de las ciencias.

Más de cien años han pasado ya desde la épica pelea por el título de “primer campeón de peso ligero mexicano” en 1905 entre Fernando Colín y Salvador Esperón, en la que éste, capitalino y en casa, confiado hasta la médula, sentía suya la batalla y la dignidad de Colín tras seis episodios de cuero contra el rostro de su contrincante, sin saber que en el séptimo, después de una marabunta compuesta por los ocho nudillos de los impactos más poderosos del provinciano, sería lanzado casi dormido a su esquina con la mandíbula fuera de lugar y la lengua ensangrentada por sus propias dentelladas. Pese a la nariz y ojos hinchados de Colín, el entrenador de Esperón había decidido claudicar junto con su peleador. José Juan Tablada, poeta afianzado en la bohemia que también se encontraba en la esquina de Salvador, a falta de un haikú apropiado, lanzaba al ring la esponja que otorgaría el triunfo doble a quien las apuestas y el público desfavorecían: por un lado, el triunfo momentáneo que muy probablemente no le aseguró la comodidad y el lujo por el resto de su vida; por otro, la gran victoria de incluirlo en la historia nacional.

Si soy o no alma vieja es otra cosa, pero no voy a empezar con que “todo lo pasado fue mejor”. Nos tocó una actualidad boxística en la que las grandes peleas mueven cantidades impresionantes de dinero, millones y millones, legales e ilícitos, y los escándalos entre boxeadores, manejadores, asociaciones o comisiones están a la orden del día, pero no podemos decir con toda franqueza y seguridad que antes, con sus propios contextos de prohibición o doble moral las cosas estuvieran mejor en nuestro país. Si bien el pasado puso los cimientos que nos dejan hoy disfrutar la belleza de fajarse a golpes (por lo cual sí hay que estar agradecidos), y nuestro pretérito inmediato nos dio la oportunidad de tener ídolos de la talla del Chango Casanova, el gran Púas o el querido Sal Sánchez (quien hace ocho días cumpliera 36 años desde su trágico accidente automovilístico), no podemos decir que nuestro presente sea tan horrible. Hay malos manejos, aprovechados y malas leches, pero hay también peleas que valdrá la pena ver y peleadores a quienes querremos ver sacar la casta. Y seguro ahí estaremos.

Seremos testigos de lo que vendrá pronto, como el desempate entre Canelo y GGG, que ha levantado mucha bulla desde hace meses por los sucesos ocurridos con nuestro compatriota y la forma de manejar la publicidad y el encuentro mismo, y veremos injusticias que dolerán (¿a alguien le suena mexicanos perdiendo en Las Vegas?), eso todo el mundo lo sabe, pero estamos a buen tiempo de disfrutar lo que tenemos, pues aunque todavía no me atrevería a hablar de un nuevo ídolo mexicano, completo, que valga por su entereza dentro de las dieciséis cuerdas —sin demeritar a varios campeones que han hecho un trabajo de sumo respeto—, estoy seguro de que, pese a todo, en algún momento de la historia, alguien dirá que qué bonito era el box de inicios del siglo XXI.

mar_mtz89@hotmail.com



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