Columna de Miguel Zárate Hernández

Incapacidad ante el crimen

Miguel Zárate Hernández

No, no existen las fórmulas mágicas ni los remedios inmediatos para la violencia y la inseguridad como la que vivimos hoy en Guadalajara y el Pais. Lo que hemos visto una y otra vez de parte de las autoridades son solamente reacciones primarias, incluso desesperadas, ante un hecho contundente que pone en evidencia lo indemne de la sociedad ante la delincuencia pero que desborda en crisis cuando también se advierte lo vulnerable que son los propios policías, simplemente un objetivo más de esas estructuras desafiantes que ominosamente se ciernen por encima de toda ley. La lamentable muerte de media docena de guardianes en solo un día, despertó de pronto el sentido de urgencia de “hacer algo”. Pero ya lo hemos visto pasar así muchas, muchas veces.

Parece que las palabras del empresario Alejandro Martí, hace ya diez años, siguen cobrando vigencia cuando con toda dureza dijo ante el entonces presidente Calderón y el jefe de gobierno capitalino Marcelo Ebrard (nuestro flamante próximo Canciller), que corrupción también es ocupar un cargo y no hacer nada. “Si la vara les parece muy alta y no pueden, si no son capaces de frenar la delincuencia, renuncien”, pronunció Martí y aún resuena su mensaje puesto que estos funcionarios, como muchos otros, ni pudieron, ni fueron capaces, pero tampoco renunciaron. Cuanto “plan de seguridad” surge, se va debilitando hasta extinguirse. Fracasó la estrategia, argumentan quienes “llegan” pero no anticipan con ello su propio éxito.

Desde luego que las comunidades perfectas no existen. El lastre de la delincuencia acompaña a la humanidad desde sus orígenes. Lo que pasa en nuestro medio y en nuestro tiempo es que sorprende la actitud un tanto justificativa de la autoridad para exculparse de toda responsabilidad, cuando lo exigible, de menos, es contar con un prototipo de seguridad más congruente con la realidad, pero, sobre todo, recalcar hasta la saciedad lo fundamental de instaurar un esquema profesionalizado a partir de los propios mandos. Ya se ha visto, y ojalá haya quedado claro, que los políticos, por experimentados que se crea, NO sirven de policías. Seguramente daría mejor resultado aportar todos los elementos técnicos, capacitación de alto nivel, manejo de armamento, logística y un sistema de inteligencia policiaca, entre otros puntos, para que los programas de acción sean más eficaces.

Apenas hace unos días de sucedidas las balaceras en las que perdieron la vida los elementos de Guadalajara y Zapopan, téngase por seguro se irán diluyendo las medidas emergentes. Es como el “clavo ardiente” que algunos tienen que tomar pero que no soportan por mucho tiempo. Hace relativamente tan poco que el atentado a un alto funcionario estatal (nombrado y expuesto imprudentemente por su antecedente policial), ocasionó muertes inocentes y ya los “códigos rojos” y esas acciones relámpago que siguieron ni quién se acuerde. Así parece sucederá con las controvertidas “volantas” o “columnas de seguridad” que no son sino simples “retenes” ya que no están fincadas en ningún plan preconcebido ni estructurado. Ante su implementación, abundan más las críticas que los resultados, lo cual no quiere decir que sean un mal recurso “in extremis”. Sobre si son o no son inconstitucionales, si están de acuerdo unos sí y otros no, valdría la pena echar un vistazo a la jurisprudencia de la Suprema Corte que ya varias veces los ha autorizado. Pero, claro, en esos casos se hace necesaria la intervención de otras autoridades, como el Ministerio Público o algún representante de la Comisión de los Derechos Humanos y nadie niega que los retenes no son, que se diga, lo más deseable.

Hace ya más de una generación que en Jalisco imperaba una especie de “ley del oeste”. Todo mundo andaba armado ya que lo “justificaba” el crimen rampante y hasta el terrorismo que atemorizaba a la población. El gobierno de Flavio Romero de Velasco -que debería ser recordado como uno de los más efectivos contra el crimen organizado- aplicó la mano dura y emprendió una fulminante campaña de despistolización que dejó sin sus armas hasta los cantantes rancheros. Las críticas llovieron, pero ya no, así como así, andaba cualquiera con un revólver en la cajuela de guantes. Al menos, se dirá, en ese momento las autoridades sabían lo que querían y a su modo hacían lo que estaba a su alcance para conseguirlo. Lo que cada vez que suceden hechos de impacto se ostenta, poco se continúa: la coordinación entre niveles de autoridad. Aparecen en las fotos muy unidos pero la verdad es que los esfuerzos por emprender acciones en común simplemente no parecen tener éxito alguno. Algunos que ya se van lo que parece urgirles es ya tirar la toalla y los que llegarán pronto se la están pensando demasiado. A estas alturas, cabe esperar que la preocupación por la seguridad ciudadana, que fue estribillo de todas las campañas, empiece a reflejarse en planes reales, consultas ciudadanas, propuestas de mejoramiento de los policías en todos los órdenes (incluyendo su autoprotección, seguridad y realización profesional), que se sigan depurando las corporaciones y, en fin, se vea la intención genuina de aplicar soluciones de fondo.

Tras las muertes de policías o, lo que es más cotidiano, de simples ciudadanos, no sólo está el crimen sino también la evidente incapacidad para frenarlo.


miguel.zarateh@hotmail.com

Twitter: MiguelZarate_12

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