Columna de Miriam Hinojosa Dieck

¿Por qué lloramos?

Miriam Hinojosa Dieck

Ayer vi llorar a una mujer y si me pongo a diagnosticar el origen de su llanto, creo que no era de tristeza, pero tampoco era de alegría, era más bien fruto de la lejanía entre esos extremos. Esa mujer vio –hace apenas un par de años– morir a Gisela Mota, una alcaldesa que recién había tomado protesta; la vio morir como resultado de una de tantas agresiones que en este país se les infligen a las mujeres por el solo hecho de incursionar en la política. Era su socia estratégica en la interminable labor de empoderar a las de nuestro género. Pero esa misma mujer, con la satisfacción que algo así puede darle a quien ha venido construyendo en ese sentido y con muchas dificultades desde la sociedad civil, ve con una alegría que casi se confunde con pasmo, cómo su Congreso local se integra ahora por una mayoría de mujeres y cómo también son mujeres todas quienes encabezan en esa soberanía los grupos parlamentarios. Si me preguntan por qué lloró ayer Flor Desirée, presidenta de Comunicación, Intercambio y Desarrollo Humano en América Latina (Cidhal), diría que porque no pudo compartir con Gisela Mota, y con tantas otras que se quedaron en el camino, los pasos gigantes que se han dado.

Ayer yo también lloré, y por las mismas razones: paridad en las presidencias de las comisiones en nuestro Congreso, que además tiene un pleno integrado por mitad de hombres y mitad de mujeres. Tanta dicha y tantas que se quedaron tan cerca de vivirla junto con nosotras.

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