Criando Consciencia

Día de las madres

Nadja Alicia Milena Ramírez Muñoz

Tuve una madre maravillosa. De ojos verdes, vestido de lunares, gran sonrisa, cabello suave, bellísima. Que cuidaba que comiéramos jícama o zanahoria rallada mientras veíamos once niños y ella terminaba de cocinar, que nos obligaba a encontrar el zapato perdido (que jurábamos entre lágrimas que era imposible), una madre que nos dejaba saltar en charcos y jugar con lodo, creer en magia y hacer ropa de papel para gnomos. Una madre de honestidad y rectitud anormal, ordenada y metódica, que nos llevaba al teatro y nos dejaba flojear los domingos frente a la televisión, que nos enseñó que la limpieza hace que la casa más pequeña sea un palacio, que nos mostró que siempre podemos tener cuanto queramos.

Mi maravillosa madre JAMAS metió mano en los trabajos de la escuela, yo siempre los llevaba chorreados de engrudo, silicón, pintura y mal cosidos y aun así ella los amaba en cuanto se los entregaba. Esta madre no nos dejaba salir de casa por la mañana sin haber comido algo antes, nos llevaba al parque cada que podía, nos cuidaba cuando estábamos enfermos, nos compraba “pokemones” de plástico chafa a la salida de la escuela, nos hacía “pitacios” con los calcetines rotos. Esta madre iba a las kermeses del kínder, preparaba vestuarios, se choteaba el “señora, señora” como una campeona, si la necesitabas, siempre estaba.

Mi madre jamás permitió que huyéramos de la responsabilidad de algo que hubiésemos hecho mal a sabiendas, jamás nos creyó cuando dijimos que no podíamos, y ella misma jamás se rindió. Saco adelante una carrera universitaria con tres hijos que mantener sola, no tengo idea de cómo se reconstruyó después de una vida llena de violencia y abandono, cargó con toda la responsabilidad de sostenernos y lo logró.

Nunca dejo que tuviéramos hambre, nunca olvidó un cumpleaños o una comida favorita, aunque una vez perdió a su hijo mediano en su propia casa (y lo encontró escondido en la alacena comiéndose el polvo para preparar agua de sabor), el día que mi hermano pequeño nació nos preparaba un pastel de chocolate con panditas y lunetas, jamás quiso que tuviéramos un gato y luego un extraño día secuestró a una, y así, mi madre es uno de esos seres normales, divertidos y geniales. Recuerdo que la vi llorar muchas veces y hoy quisiera haberla abrazado más, era una niña y no entendía, era una adolescente y no sabía, y ahora, como madre, la veo como la mujer que es, la mujer que fue y valoro mucho más todo lo que pudo darnos, y los huecos que quedaron se llenan de gratitud, porque ahora sé que mi maravillosa madre hubiese deseado la oportunidad de ser un poco más humana y un mucho menos increíble.


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