Criando Consciencia

Las heridas de la infancia

Nadja Alicia Milena Ramírez Muñoz

Un niño herido en su integridad no deja de amar a sus padres, deja de amarse a sí mismo.»


Leí esta frase por ahí en un blog de derechos de la infancia y me dolió. Me dolió mucho, y no fui la única, varias mamás se identificaban con el sentimiento de culpa al leer esta frase e recordar comportamientos del día a día en los cuáles podemos no estar a la altura de las necesidades emocionales de nuestros hijos.


Y es que nadie nos dice, que el dolor del parto es nada, comparado a lo que viene después. Yo creí que la culpa que sentía al no sentir amor inmediato por mis hijos iba a ser lo más doloroso, y no lo fue. Superé ese trance, seguí adelante y cuando creí tener todo bajo control, el bebé creció y entonces reafirmó su independencia, ¿Cómo?, gritando, haciendo oídos sordos a nuestras peticiones. Creció más y aprendió a ser hiriente. ¿Y qué hizo la madre? 

Esa niña que fue herida tan gravemente antes de tener hijos y que juró que jamás lastimaría a sus hijos. Pues los lastimó. Muchas veces. La terapia ayuda, la tribu ayuda, pero somos una generación tan herida y con tanta tendencia a la culpa que parece que nunca será suficiente, siempre habrá algo que nos haga sentir que nuevamente lastimamos a quienes amamos.

Es triste porque es un círculo común, casi universal, diría yo, pero pesa más, pesa mucho cuando se es consciente. «Un corazón es una pesada carga», y una consciencia, también.

Yo trato diariamente de llenar los días de mis hijos con amor y sonrisas y cada vez me resulta más difícil, se siente rabia e impotencia al reconocer las heridas que no quieres reflejar y sin embargo, lo haces. No poder sentarme a jugar con mis hijos es frustrante. A otras mamás se les complica otra cosa, pero a todas nos pesa algo, porque, ¿Como amar, si no nos enseñaron cómo?


Y entonces un día me desperté con la consigna de ser más indulgente conmigo misma, prendí la tele, dejé de limpiar, comimos chucherías, disfrutamos de un hielito en el balcón... y así de simple, ellos fueron felices, sin gritos, sin prisas, sin que a nadie le doliera el alma. 

Aprendí de ese día que debo verme a mí misma con compasión (alguien por ahí también me lo dijo) cargo un costal de culpas enorme, que lleno casi como hobby y claro que eso aplasta y desborda. Verme con indulgencia, aceptar que hago mi mejor esfuerzo, que no soy perfecta, que mis hijos también disfrutan de su infancia y son más los momentos buenos. Aflojar expectativas, reconocer mi cansancio, soledad, tristeza. Reconocer que a mi niña herida le duele estar cerca de niños felices y luminosos. 


Aceptar que generaciones de violencia, maltrato, carencia, indiferencia y desamor no sanan en una sola generación (salvo para unas cuantas familias privilegiadas), o bueno, no del todo. Mis hijos están un mucho menos rotos de lo que yo lo estuve (o estoy), y ellos tendrán hijos cada vez más amados y felices. Estamos iniciando un cambio importante, más no hay que perder de vista nuestra condición más bella: somos humanas, no perfectas. 


ecopipalaguna@hotmail.com.mx

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