Casos y causas

Justicia transicional/ II. Madres rastreadoras

Olga Sánchez Cordero

Este 10 de mayo quiero recordar a Julia Ward Howe, una pionera del activismo, del abolicionismo de la esclavitud y de los derechos de las mujeres, quien convocó a todas las madres del mundo a rebelarse contra la guerra, en una desgarradora proclama pacifista que mantiene plena vigencia.

Sí, esta proclama es el antecedente del “Día de las Madres”. Sí, fue una proclama antibelicista —una convocatoria a un congreso mundial de madres— lo que dio inicio a la fecha en cuestión.

“¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido de agua o lágrimas! Digan con firmeza: ‘No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes…. No se llevarán a nuestros hijos para que de-

saprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia’. Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos…”, proclamó Julia Ward Howe.

Las mujeres debemos ser solidarias con otras mujeres; y con estas líneas reitero mi solidaridad, mi empatía con esas madres Rastreadoras: mujeres incansables que rastrean a sus “tesoros”; esos que les fueron arrebatados por el crimen, pero también por la corrupción y la impunidad.

Debemos ser solidarias con esas madres que han sido víctimas del chantaje, de la extorsión, de las amenazas, de la inacción y la insensibilidad de las autoridades; madres que viven en la incertidumbre y el dolor. Madres a las que les arrancaron la vida al llevarse a sus hijos.

Esas mujeres son un grupo mal atendido; se encuentran en una situación de indefensión, a las que las autoridades indolentes las quieren llevar, —a mi modo de ver— de manera intencionada, a que olviden a sus hijas e hijos desaparecidos.

Debemos conmemorar el día de las madres en nuestro país haciendo del dolor de estas madres nuestro dolor; lo que le pasa a una debemos sentirlo todas.

Dentro del miedo, la desesperación, el sufrimiento, la soledad, el abandono y la preocupación de estas mujeres debemos todas levantarnos fuertes, por sus hijas e hijos, por los nuestros, para ¡no permitir que sean olvidados!

Es deber del Estado vigilar, con el mayor recelo, la más pura y absoluta protección y tutela de los derechos humanos. Toda la sociedad tiene el irrenunciable derecho de conocer las razones y circunstancias en las que estas aberrantes desapariciones llegaron a cometerse, a fin de evitar que esos hechos vuelvan a ocurrir en el futuro.

Es urgente que el Estado trabaje en el registro, vigilancia, protección, identificación, reparación y acompañamiento de estas madres olvidadas.

Requerimos de una justicia transicional, en donde la rendición de cuentas y la reparación para las víctimas sean los objetivos a cumplir; y para ello, debemos fortalecer a las instituciones a fin de que recuperen la confianza ciudadana, necesitamos un real acceso a la justicia, respetar el estado de derecho, afrontar las causas subyacentes —que nos han llevado a esta vida de violencia y crimen— para reparar el tejido social y alcanzar la paz y la reconciliación nacional.

Y para eso se debe buscar esclarecer la verdad, someter a la justicia a los responsables de los crímenes y reformar —jurídica e institucionalmente— la procuración de justicia con autoridades que tengan un desempeño ético, transparente y de servicio a la comunidad, todo en un marco de profundo respeto a los derechos humanos.

Ya no debemos permitir que prevalezca la atroz corrupción y la impunidad, debemos recuperar la República y el Estado Democrático de Derechos Humanos, a través —entre otros— de mecanismos de no repetición y de comisiones de la verdad.

A todas esas madres, padres, hermanos, hijos que han sufrido directa o indirectamente y han sido lastimados por la violencia del país —no sólo en su dignidad—, sino por el profundo dolor por la pérdida de lo que más aman, quiero decirles que siempre estaremos de su lado, su dolor —de ningún modo— nos es ajeno.

Atenderemos las causas de raíz; como dice Andrés Manuel: la violencia no se combate con más violencia. No vamos a descansar hasta que encuentren verdad y justicia. No seremos indolentes, ni omisos.

¡Tengan la certeza de que no vamos a aceptar que sus hijos se hayan evaporado!

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