El desafío del pensar

¿Antropomorfismo?

Paulina Rivero Weber

Pocas acusaciones son tan temidas por filósofos y biólogos como la de antropomorfizar a un animal, esto es: atribuirle cualidades humanas a un ser que no las posee. Hacerlo es poco científico y filosóficamente naif.

Antropomorfizamos cuando decimos, por ejemplo: “Ese perro es malo; mordió por una planeada y mal intencionada venganza”. La venganza mal intencionada y maquiavélica, es algo que requiere cualidades propias de la corteza cerebral, por lo que solo los grandes simios podemos realizar ese tipo de actos.

Sin embargo, ahora sabemos que cuando hablamos de emociones, no estamos antropomorfizando, pues los seres humanos no tenemos emociones por ser humanos, sino por ser parte del Reino Animalia. En Evidencias de que los animales vertebrados experimentan emociones y estados mentales, la Dra. Beatriz Vanda Cantón, reconocida profesora e investigadora de la UNAM, explica que el sistema límbico (área del cerebro relacionada con las emociones y los sentimientos) se encuentra más desarrollado en mamíferos y aves, pero también está presente en reptiles, anfibios y peces.

Lo anterior implica que los sentimientos y las emociones no son algo adquirido por el homo sapiens: han estado presentes en muchos animales desde hace milenios. Cuando decimos: “Ese perro tiene miedo”, en efecto, estamos captando una emoción que conocemos no por ser humanos, sino por pertenecer al reino animal. Lo mismo sucede cuando nos damos cuenta de que un animal está enojado o está feliz: reconocemos esas emociones porque es algo que compartimos con ellos.

No hay que ser etólogo para saber que un felino que se restrega y ronronea tiene una emoción muy diferente a uno que ataca con furia. Cuando decimos que un animal expresa miedo, angustia, tristeza, o expresa confianza, amor y alegría, no antropomorfizamos: simplemente comprendemos esa emoción porque todos somos parte del mismo Reino Animalia.

De modo que si podemos acaricar, ¿para qué golpear? Cuando logramos que un ser que siente, se sienta bien, comprobamos que dar cobijo alegra la vida no solo del que recibe, sino sobre todo, la del que da: la felicidad se encuentra en hacer significativa la presencia del otro.

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