El desafío del pensar

¿Notre Dame ‘ou notre Monde’?

Paulina Rivero Weber

La basílica de Saint-Etienne, primera iglesia cristiana en París, se emplazó hacia el año 528 en el lugar en donde previamente los romanos habían adorado a Júpiter y, anteriormente, los Celtas habían realizado sus cultos.

Ahí mismo Luis VII impulsó la construcción de la nueva catedral en 1163, que tomó dos siglos en realizarse y continuó cambiando y reconstruyéndose a lo largo de la historia. Con la Revolución francesa dejó de ser iglesia, pasó a ser bien del Estado y se saqueó por completo. Fue almacén, luego una iglesia más o menos olvidada, hasta que en 1831 Víctor Hugo escribió Nuestra Señora de París, y revivió el interés por ella. Entonces, Viollet-le-Duc realizó una intervención bastante radical; a él se deben las famosas gárgolas y la aguja central, entre muchas otras cosas.

Este edificio es valioso no sólo por su belleza y su historia, sino por ser una creación humana. Y no olvidemos que el ser humano valora mucho lo que él mismo ha creado: tanto, que resiente más la pérdida de algo que le tomó siglos crear que la pérdida de lo que a la evolución de la vida le ha tomado millones de siglos crear.

Coherentes con lo anterior, billonarios han “donado” fuertes sumas, aunque claro: al deducir de impuestos sus “generosas donaciones”, lo que hacen es elegir en qué se gastan los impuestos. De modo que mientras ellos quedan como generosos filántropos, imponen sus preferencias en el gasto social: mejor invertir en recosntruir una catedral incendiada, que en reconstruir una selva incendiada, por mencionar hechos recientes.

Lamentablemente, es preciso elegir en qué invertir: es tal la cantidad de selvas y bosques incendiados, es tal el hambre de millones, es tal la devastación de los mares, es tal el sufrimiento de lo que Darwin llamó “los seres sintientes”, que es preciso elegir.

Pero el ser humano elige como Narciso: solamente sabe verse al espejo y contemplar sus propias creaciones. No tiene ojos para salvar la evolución milenaria de la vida y así, la biodiversidad apunta hacia su fin. Y ya lo dijo el Jefe Seattle: “¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales perecieran, el hombre moriría de una gran soledad… Todo está unido.”

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