El desafío del pensar

Paradojas del ecologismo

Paulina Rivero Weber

Mientras el enorme barco se hunde, los pasajeros discuten si construirán, o no, una torre más en la cubierta. En eso nos hace pensar la escultura que el artista español Isaac Cordal expuso en Berlín, titulada Políticos discutiendo sobre el cambio climático, en la cual aparecen éstos debatiendo con el agua hasta el cuello, a punto de ahogarse.

¿Hasta cuándo vamos a darnos cuenta de la urgencia creciente con la que ha llegado y continuará llegando el cambio climático? ¿Qué tiene que suceder para darnos cuenta de que, en lugar de construir más y más, debemos repoblar el mundo con su flora y su fauna?

Quizá más que preguntar qué tiene que suceder, debamos pensar qué debemos hacer para educar a nuestra gente. El reto es lograr que todos aceptemos que nuestra forma de vida está matando al planeta; que no se trata ya de dar sermones o mensajes públicos, sino de cambiar en la forma de vida individual y colectiva: no comprar plástico, no construir más, no consumir carne, cuidar el agua y sembrar tanto como podamos.

Un intento serio es la corriente llamada “descrecimiento”; una propuesta compleja, que pretende ponerle un límite al crecimiento humano y disminuir, de manera controlada, su producción económica. Su finalidad es establecer una nueva relación entre el ser humano y la naturaleza. Desde su perspectiva, “menos, es más” y “construir, es destruir”, porque al hacerlo, inevitablemente depauperamos la tierra, aniquilamos flora y desplazamos o matamos la fauna.

Entre las propuestas más sencillas de quienes enarbolan el descrecimiento, está la de aprovechar los edificios ya construidos, dejar de construir y sembrar. Las planchas de concreto, tanto como las construcciones, no sólo obstaculizan el paso del agua a los mantos freáticos; ocupan el lugar que podrían y deberían ocupar plantas y animales.

¿Nos dará tiempo de educar y convencer? Ojalá no nos suceda lo mismo que a los políticos de la escultura de Cordal y, discutiendo qué hacer, nos lleguen el agua y la contaminación al cuello.

Ser ecologista es paradójico: es la única vocación en la que infructuosamente se desea no tener la razón, estar equivocados y nunca llegar a decir: se los advertimos.

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