Estado fallido y adornos institucionales

Opinión fundada

Ricardo Corona

Ricardo Corona
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La calentura electoral ha comenzado a hacer de las suyas, motivando propuestas a partir del violento contexto mexicano visible desde cualquier latitud y que parece no dar tregua. Se ha propuesto “armar a las familias para combatir la delincuencia” al amparo de que México es un Estado fallido. Sin embargo, dicha propuesta planteada por alguien que dice representar a la ciudadanía desde el Poder Legislativo debería tener una explicación que, al menos, intente demostrar que no se trata de un disparate que busca distraer a todo el mundo (lo cual se logró) de los embates de un incesante bombardeo de grabaciones que exponen el santo grial en el análisis de la corrupción: evidencia documentada.

Un Estado fallido implica la imposibilidad de brindar condiciones mínimas para que la ciudadanía se desarrolle plenamente; está colapsado por corrupción, vacíos de poder y autoridad que son cubiertos en muchas ocasiones por estructuras delictivas o grupos armados. Basta con mirar a países como Yemen en donde la convergencia de militares con grupos terroristas ha ocasionado, por ejemplo, el cierre del aeropuerto de su capital a vuelos comerciales. O Somalia, el “Estado más fallido de África”, en donde los piratas se dan el lujo de desaparecer buques petroleros. Países en donde la corrupción sistémica y la violencia son el modus operandi y la ineficacia de las instituciones muestran a la gobernabilidad como un adorno institucional.

Aunque cabe mencionar que ese disparate anunciado como “solución a la violencia” tiene un punto valioso: reitera la importancia de que economías emergentes como la mexicana, atiendan lo que sucede en su territorio y detecten a tiempo aquellos síntomas encaminados a un Estado fallido. Porque ver por una parte más de 30 millones de delitos en un año, de los cuales solo uno de cada diez se denunció; una cifra histórica de homicidios dolosos nunca antes vista; el avance de una delincuencia organizada que va mucho más allá del narcotráfico como la extorsión, secuestro, trata de personas, tráfico de indocumentados o huachicoleo; actos de corrupción sin consecuencias; que la tecnología se aproveche para espiar, no para solucionar; dinero para elefantes blancos; falta de transparencia y rendición de cuentas; que piratas tomen plataformas petroleras; o que la policía sea abandonada y reemplazada en muchas actividades por militares cuya naturaleza es contener riegos de Estado y no seguridad pública; pero por otra parte, escuchar declaraciones como “se están atendiendo las causas”, “daremos con los responsables”, “tengo otros datos” o “ya no hay corrupción, ni impunidad”, no hacen más que enviar a la población un mensaje contradictorio con la realidad que terminará por aterrizar la idea de que la gobernabilidad mexicana se está convirtiendo en un adorno institucional, además claro, de ser un potencial motivo para más disparates.

Ricardo Corona

ricardo.corona@koalsulting.com

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