Artículo mortis

Las glitterati

Roberta Garza

Rayar monumentos, atacar reporteros o romper vidrios no es precisamente conducta ejemplar, y justificarla sin filtro es fallarle a la muy necesaria autocrítica. Sin embargo, tampoco creo que se hubiera llegado a nada —con la salvedad de que aún falta ver si esta vez se llega a algo— con otra marcha sin dientes de las muchas que hemos tenido en un México donde agarrar calle es un deporte nacional al cual los ciudadanos nos hemos acostumbrado hasta la resignación indiferente.

Es cierto que la peor parte de los daños fueron por encargo, como se ve en el teledirigido puñetazo de un porro al rostro del reportero Juan Manuel Jiménez, aunque tampoco podemos descontar pasajes como los jaloneos de un grupo de manifestantes a la reportera Melissa del Pozo. Lo lamentable es que la conversación gire casi exclusivamente en torno a lo anterior, en vez de centrarnos en todo lo podrido que debe estar Tenochtitlán cuando se hace necesario romper vidrios para visibilizar algo que debía ser repugnante e inaceptable sin necesidad de adornarlo; lo poco o mucho que se logró corre el riesgo de castrarse por el camino del reduccionismo. No, no es asunto de comparar los daños físicos a propiedades inanimadas con el horror de un asesinato, un secuestro o una violación. Los asegunes ante los destrozos pueden originarse tanto desde la genuina preocupación por la validez de la violencia menor en aras de lograr bienes mayores, como desde el más rancio paternalismo. Sí, la violencia en México la padecen hombres y mujeres, pero no por igual, y, en el caso de los hombres, no por el mero hecho de pertenecer a un particular género. No, las agresiones sexuales no son, nunca son, culpa de la víctima: portar uno u otro vestido, andar por la calle a uno u otro horario o caminar por uno u otro barrio nunca serán causales válidas de conductas criminales. Sí, somos un país donde la misoginia, desde todos los géneros, es rampante.

Basta ver el caso que detonó todo, el de la violación de una menor por cuatro policías de Azcapotzalco: los primeros días la autoridad minimizó la acusación y negó ejercer acción contra los involucrados, o siquiera identificarlos.

Luego filtraron información del caso en desdoro de la víctima, al tiempo que la procuradora Ernestina Godoy anunciaba que se le habían perdido las pruebas genéticas de la muchacha agredida. ¿Y la jefa de Gobierno de la ciudad, Claudia Sheinbaum? Ella abrió el diálogo amenazando dejar caer todo el peso de la ley… sobre las manifestantes.

Con o sin verrugas, la marcha de las mujeres mexicanas exigiéndoles a las autoridades incompetentes que hagan su trabajo fue cubierta por los mayores medios del planeta.

El problema es que el horror no se va a arreglar con planes, con juntas ni con títulos de adorno: la única solución real es la profesionalización de los aparatos policiales y de justicia y acotar, sin asegunes, toda impunidad. Si de nuestros políticos depende, nada de eso va a suceder. La pelea, pues, va para largo, y lo último que debe hacer la sociedad civil es gastar la brillantina en infiernitos.

@robertayque

OPINIONES MÁS VISTAS