Perdón, pero...

Castidad, celibato y pederastia

Roberto Blancarte

Es cierto que el problema de la pederastia no es exclusivo de la Iglesia católica. Sin embargo, es evidente que en esa institución hay un grave problema, pues allí terminan anidando muchos que tienen serias distorsiones en materia de sexualidad. Algo no está funcionando y probablemente no ha funcionado desde hace siglos en esta materia. Pero la jerarquía se niega a enfrentar el problema desde su raíz. El principal de ellos, yo diría, es que el modelo de sexualidad de la Iglesia no se sostiene, pues la castidad, tal como la predica la Iglesia, no es una “virtud” generalizada. La católica no es la única Iglesia que propone una castidad para sus miembros, pero buena parte de las instituciones religiosas entienden que la negación de la sexualidad es algo que solo algunos pueden desarrollar y no se las impone a todos. Y no es lo mismo ser un iluminado o un asceta consumado, que formar parte de una legión burocratizada, como lo son los sacerdotes y consagrados católicos. Por eso, la Iglesia debe enfrentar ya ese problema, en lugar de esconder la cabeza.

La solución, sin embargo, no es fácil. Hay quienes proponen la eliminación del celibato obligatorio. Y quizás serviría de algo, porque así por lo menos los seminaristas, sacerdotes y religiosos (miembros de congregaciones) no tendrían que estar reprimiendo (a menos que lo hicieran por gusto) sus pulsiones sexuales más naturales. Y eso incluiría la idea de que también los miembros del clero y de las órdenes religiosas que tuvieran preferencias homosexuales (hombres y mujeres) las pudieran vivir, al mismo tiempo que desarrollan su vocación religiosa. La eliminación del celibato obligatorio, sin embargo, no es la solución absoluta al problema de la pederastia, porque como se sabe, ese comportamiento suele darse incluso entre personas casadas, con hijos, que se vuelven incluso los abusadores de su propia prole. Quizás, entonces, la Iglesia tendría que atacar el asunto revisando su concepción de castidad, demasiado rígida y limitada a la reproducción. En otras palabras, la Iglesia católica no puede pretender que mil 200 millones de personas la sigan en esta anquilosada idea de la sexualidad. La castidad, en ese sentido entendida, debe ser una elección muy personal, no una obligación moral para los miembros de la Iglesia. Ni su falta de ejercicio un pecado o una falta moral. Desafortunadamente, falta mucho para que los jerarcas de la Iglesia lo entiendan.

roberto.blancarte@milenio.com

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