Perdón, pero...

La Luz del Mundo y el mundo evangélico

Roberto Blancarte

Independientemente del desenlace judicial que tenga el caso de Naasón Joaquín, ya nada será igual para la Iglesia de la Luz del Mundo, después del arresto de su director general en Los Ángeles. Dado que el caso se ha mediatizado, incluso si un jurado lo declara inocente, la sombra de la duda permanecerá por largo tiempo sobre su liderazgo y amenazará con extenderse hacia el conjunto de la Iglesia. El resultado es incierto, pues si bien uno puede presumir que este tipo de expedientes no se armarían si no existiesen pruebas sólidas, además de la presunción de inocencia, también es cierto que en Estados Unidos los fiscales son parte de un sistema que puede terminar politizando, y al mismo tiempo fragilizando, ciertos casos. De cualquier manera, la Iglesia de la Luz del Mundo no podrá seguir operando como si nada hubiera pasado. Tendrá que replantearse muchas cosas relativas a su organización interna, su inserción social, su imagen y su relación con el resto del mundo evangélico, entre muchas otras cuestiones.

De hecho, por diversas razones, que en este breve espacio no se pueden desarrollar (la secularización del mundo católico, el ingreso de los evangélicos en la política, la resistencia de la intolerancia social, etc.), las críticas a la Luz del Mundo se pueden extender al mundo evangélico. El riesgo mayor es que las invectivas se vuelvan tan difusas, en contra de un modelo eclesial que no se entiende, por ser extraño a la mayoría católica, y termine castigando, de manera discriminatoria, todo lo que sea diferente a lo que hemos estado acostumbrados. En otras palabras, se ven como “raros” o reprobables ciertos actos que están normalizados en la religión mayoritaria. Un ejemplo de ello son las críticas a Naasón Joaquín porque “se hace llamar apóstol”. Pero esos mismos críticos no reparan que el protocolo de la “Santa Sede” (es decir una institución que se asume como santa) establece que en el mundo católico hay que dirigirse al “Sumo Pontífice” (título tomado del emperador romano) como “Su Santidad”. Pero eso es normal para mucha gente, simplemente porque está acostumbrada a ello. Lo mismo sucede con la manera de orar, de vestir o de actuar dentro de una institución religiosa. Y muy fácilmente se cae en la denominación peyorativa de “sectas”, que algunos ya pensábamos superada, asumiendo que algunas agrupaciones religiosas representan un peligro para sus feligreses. Las críticas tienden también a ignorar la enorme diversidad dentro del mundo evangélico, que ya teme el aplanamiento de los juicios y la discriminación generalizada, de la que en realidad los evangélicos no han logrado escapar totalmente. Al respecto, el pastor Abner López, respetado dirigente de la Iglesia presbiteriana y quien por muchos años presidió la Sociedad Bíblica de México, recomienda ver en Netflix la serie “Así nos ven”, basada en hechos reales sobre la aplicación de justicia en Estados Unidos.

Nada de lo anterior, por supuesto, exime totalmente a muchas iglesias de prácticas que sí rayan en lo sectario, como el culto a la personalidad de los dirigentes. Pero pensándolo bien, ¿no se hace esto también en la Iglesia católica?

roberto.blancarte@milenio.com

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