Columna de Román Munguía Huato

El nuevo auge de la lucha feminista

Román Munguía Huato

A la memoria de Rosa Luxemburgo [1871–1919], la Rosa Roja nació un 5 de marzo

Clara Zetkin (1857–1933) fue una comunista alemana luchadora intransigente por los derechos de la mujer; precursora del feminismo revolucionario. Propuso que el 8 de marzo se conmemore el Día Internacional de la Mujer. En 1908 un grupo de trabajadoras textiles en Nueva York salió a las calles para luchar por una reducción de la jornada laboral, mejores salarios y derecho de voto. Marcharon unas 15 mil mujeres para defender el derecho a una condición igualitaria. A raíz de esta huelga nació la primera celebración del Día de la Mujer organizado por las mujeres tras una declaración del Partido Socialista de los Estados Unidos en honor de esta protesta. En 1910 las mujeres europeas adoptaron esta costumbre en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas reunida en Copenhague. Zetkin dedicó su vida al socialismo y logró la unión de mujeres que compartían esta doctrina y la reivindicación legítima de sus derechos en diferentes países. En 1891 fundó la revista La Igualdad formada por mujeres, que tuvo vigencia hasta 1917 y se convirtió en el medio de expresión de la Internacional de Mujeres Socialistas.

En años recientes presenciamos un recrudecimiento de la violencia contra las mujeres en la mayoría de los países, en nuestra región latinoamericana, especialmente en México. Los feminicidios siguen siendo consecuencia de una sociedad patriarcal, de un machismo criminal; expresión de una barbarie social desenfrenada. Al mismo tiempo, se han desarrollado masivas movilizaciones al grito de "¡Ni una menos!", contra leyes regresivas respecto al control de los cuerpos, y por una verdadera igualdad política, económica y social. En 1995, Susana Chávez escribió un poema con la frase "Ni una muerta más" para protestar por los feminicidios en Ciudad Juárez. En 2011, la poetisa fue una víctima de feminicidio. Este 8 de marzo, día en que conmemoramos las luchas de las obreras para gozar de plenos derechos laborales y democráticos, así como de una vida digna, mujeres organizadas de alrededor de 60 países y cientos de ciudades convocaron a parar labores, lo que incluye los empleos formales, pero también el trabajo no reconocido que sigue recayendo sobre sus espaldas. Aunque la violencia hacia el género femenino no es un fenómeno reciente, en las últimas décadas se ha agudizado a tal grado que en no pocos países ser mujer es una sentencia de muerte. Y este recrudecimiento corre en paralelo con la imposición de las políticas neoliberales. La destrucción de los servicios públicos y el encarecimiento de la vida recaen con mayor fuerza sobre las mujeres que se ven obligadas a buscar los medios para la subsistencia familiar, haciéndose cargo de aquellas labores que el Estado deja de garantizar, integrándose a la economía informal o empleándose en trabajos sumamente precarizados, lo que se conoce como feminización de la pobreza.

Los procesos de resistencia contra esta serie de políticas han sido sumamente desiguales en América Latina y en el mundo, en las que sin duda destaca la participación de las obreras y jornaleras –como las San Quintín, Baja California– en las recientes luchas por mejores condiciones laborales en el norte de México, en las luchas del magisterio contra la reforma educativa, o en la búsqueda de los desaparecidos de ayer y hoy en todo el continente. Sin embargo, en los años recientes las mujeres no sólo nutren un gran número de movimientos, sino que han levantado una nueva oleada contra las violencias machistas y sus formas más extremas que son el feminicidio y la desaparición forzada. Precisamente el llamado de las mujeres a parar y poner en el centro del debate la importancia de su trabajo en el funcionamiento de la vida social y colectiva fue resultado de huelgas y protestas sobre temas relacionados con la violencia específica que viven, desde las luchas por la igualdad salarial en Islandia, por el derecho al aborto en Polonia, y por supuesto contra el feminicidio en América Latina, durante el 2016, hasta la masiva marcha de mujeres en Estados Unidos contra las políticas machistas, xenófobas y racistas y fascistas de Donald Trump a inicios de este año.

La conmemoración del 8 de marzo nos invita no sólo a cuestionar una historia –citando a Eduardo Galeano, escrita por "machos, ricos, blancos y militares"– que ignora el protagonismo de los movimientos de mujeres en el conjunto de transformaciones sociales, sino a apropiarnos, hombres y mujeres, especialmente los que conformamos la clase trabajadora y los sectores del pueblo explotado, de la necesidad de parar el conjunto de agresiones contra quienes son la mitad del mundo y siguen encargándose de la otra mitad, en beneficio de los explotadores. Atender el llamado de las compañeras nos muestra que existe una amplia capa de mujeres, sobre todo jóvenes y trabajadoras, creando redes y construyendo espacios de encuentro, de apoyo, de convergencia, para enfrentar y combatir todas las opresiones ominosas.

Aunque las autoridades de la Universidad de Guadalajara se suman a esta conmemoración, lo cual es muy loable, el hecho es que prácticamente no han hecho nada en contra de este flagelo de la agresión sexual o laboral a las mujeres universitarias, estudiantes, maestras y administrativas; las propias autoridades cesan ilegal e injustamente a maestras. Ejemplo de agresión es lo que sucedió reciente en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías (CUCEI), donde hubo un hostigamiento contra un grupo de activistas en contra de la violencia hacia las mujeres. Es falso que dicho grupo haya ido a provocar; la cuestión es que el llamado buitreo es algo inadmisible entre los propios estudiantes. Lo peor, hay expedientes congelados de acusaciones a maestros por acoso sexual o violaciones, por la hoy Comisión de Responsabilidades y Sanciones del Consejo General Universitario. Desde hace cuando menos dos décadas algunos profesores hemos venido exigiendo la creación del ombudsman universitario para atenuar estos casos vergonzantes. La emancipación de la mujer –la "mitad del cielo"– es la emancipación de la humanidad entera.

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