Columna de Román Munguía Huato

Entre muros, fronteras y otras infamias

Román Munguía Huato

En memoria de Umberto Eco, fallecido el 19 de febrero de 2016

En su extraordinario libro Espejos. Una historia casi universal [2008], Eduardo Galeano [1940–2015] narra en su cuentito «Caminos de alta fiesta»: “¿Adán y Eva eran negros? En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores. Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África. Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido”. Inmenso mapa sin fronteras en aquel entonces; ninguna frontera, más que la de propia naturaleza con sus abismos, mares, desiertos y montañas.

Si nos atenemos a la versión bíblica del Génesis el pecado original nace tras haber sido creados Adán y Eva quienes residían en el jardín del Edén en perfecta armonía con Dios; el único mandato al que debían acogerse era la abstención de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuyo consumo de su fruto ocasionaría la muerte. Eva y Adán cedieron a la tentación de la serpiente [identificada con Satán, “el tentador”] y descubrieron, comiendo del árbol, su desnudez. La consecuencia de la violación de su mandato llevó a la muerte y la expulsión del jardín del Edén. El pecado original, entonces, es la desobediencia al mandato divino. Sin embargo, para algunos historiadores el verdadero pecado original nace cuando empieza la propiedad privada de las cosas, en primer lugar la propiedad de la tierra misma como medio de producción agrícola en tanto generador de alimentos como riqueza social. En resumen, con el origen de la propiedad privada, y paralelamente el origen histórico de las clases sociales, empiezan a levantarse muros y fronteras por doquier en la tierra entera. Eduardo Galeano también nos cuenta en «Breve historia de la civilización»: “Y nos cansamos de andar vagando por los bosques y las orillas de los ríos. Y nos fuimos quedando. Inventamos las aldeas y la vida en comunidad, convertimos el hueso en aguja y la púa en arpón, las herramientas nos prolongaron la mano y el mango multiplicó la fuerza del hacha, de la azada y del cuchillo. Cultivamos el arroz, la cebada, el trigo y el maíz, y encerramos en corrales las ovejas y las cabras, y aprendimos a guardar granos en los almacenes, para no morir de hambre en los malos tiempos. Y en los campos labrados fuimos devotos de las diosas de la fecundidad, mujeres de vastas caderas y tetas generosas, pero con el paso del tiempo ellas fueron desplazadas por los dioses machos de la guerra. Y cantamos himnos de alabanza a la gloria de los reyes, los jefes guerreros y los altos sacerdotes. Y descubrimos las palabras tuyo y mío y la tierra tuvo dueño y la mujer fue propiedad del hombre y el padre propietario de los hijos. Muy atrás habían quedado los tiempos en que andábamos a la deriva, sin casa ni destino. Los resultados de la civilización eran sorprendentes: nuestra vida era más segura pero menos libre, y trabajábamos más horas”. Inventamos las palabras tuyo y mío y la tierra tuvo dueño. Dice Marx —en El Capital; capítulo XXIV— que la acumulación originaria “viene a desempeñar en la economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su frente; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer. No importa. Así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pellejo. De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar”. Los muros y murallas dividen la propiedad privada territorial y, por ende, dividen a la humanidad de manera artificial, aunque históricamente con sus fronteras. Esta idea fundamental del pecado original con base a la propiedad de la tierra la enuncia Rousseau en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres [1755]. Las fronteras dividen a los modernos Estados–Nación, constituidos por los países. Con las fronteras, y la ambición de extensión y dominio surgen los conflictos bélicos internacionales [“en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavitud, el robo y el asesinato, la violencia, en una palabra”. Marx]. El desarrollo del capital implica la competencia comercial entre los propios capitales, y sus países de origen. Un fragmento de la canción de Imagina [1971], de John Lennon dice: “Imagina a todo el mundo. Viviendo el día a día... Imagina que no hay países, no es difícil hacerlo. Nada por lo que matar o morir, ni tampoco religión. Imagina a todo el mundo, viviendo la vida en paz...”. Un mundo mejor, deseable y posible.

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