La Semana de Román Revueltas Retes

El costoso éxito de AMLO

Román Revueltas Retes

Enrique Quintana es un columnista equilibrado y sensato. Recientemente, escribió en El Financiero un artículo diciendo que “hay mucha gente que quisiera que al Gobierno de López Obrador le fuera mal. Incluso muy mal”. El hombre, para estas personas, encarna “el autoritarismo, el estatismo, la antidemocracia ” y tendría igualmente “una buena cantidad de defectos”. Pensarían, de tal manera, que “es mejor que el país se vaya a la crisis antes de que vaya a consolidarse en el poder un personaje como AMLO […] una crisis financiera, económica, política y social. Si va a ocurrir —dicen—, mejor que pase pronto y eventualmente implique que su Gobierno se vuelva insostenible, y si es posible, que se caiga”.

Prosigue don Enrique señalando que muchos de estos críticos se ensañaron en su momento contra Enrique Peña y que “le pusieron la mesa”, por así decirlo, al actual primer mandatario. De persistir esa postura, estaríamos abriéndole tal vez las puertas “a las peores tendencias que están dentro del Gobierno”. Y advierte de que “practicar la crítica generalizada y sin distingos nos va a poner en un país peor […] en el autoritarismo en pleno, quizás. El caudillismo. La tentación golpista […] no lo sé”.

Más allá de las prevenciones y de la observación que hace el articulista de que quienes tan radicalmente cuestionan al presidente de la República “ni por asomo admiten la posibilidad de que la administración de López Obrador tenga saldos positivos”, yo pensaría que los críticos de AMLO no comparten todos el oscuro deseo de que fracase su proyecto sino que a la mayoría de ellos lo que les inquieta grandemente es que la implementación exitosa de sus propuestas termine siendo perjudicial para la nación mexicana. Dicho en otras palabras, temen que pueda hacer lo que siempre ha querido hacer. No es por despecho —como el tipo que se cruza en la calle con su ex mujer radiante de felicidad del brazo de su nuevo novio y desea que un rayo los parta a los dos— sino que las objeciones brotan de la genuina preocupación de que las cosas empeoren, en efecto, por la implementación de malas políticas públicas y la realización de proyectos improductivos.

Hay reprobaciones interesadas, desde luego, porque en toda contienda se deciden ganadores y perdedores: los contratistas del régimen de Peña Nieto no deben andar muy contentos ni tampoco todos aquellos que se llenaron los bolsillos en las corruptelas de siempre. Para otros, el cambio que significa el advenimiento de Morena implica también la inmediata pérdida de sus privilegios. Pero buena parte de quienes hemos expresado reparos no tenemos nada que ver con esos enjuagues y amaños. Consignamos meramente nuestra inquietud por el rumbo que están tomando las cosas en este país y no anticipamos, por el momento, desenlaces catastróficos sino que hacemos cuentas y observamos lo que pasa. Eso es todo. Volvamos, para mayores señas, al tema del aeropuerto: era una obra en la que ya se habían gastado ingentes cantidades de dinero. Se había construido… ¡una tercera parte! Y la cancelación del proyecto ha significado, hasta el momento, un reembolso a los inversores, con fondos públicos, para que… ¡no se haga nada! O sea, dinero del erario tirado, literalmente. Y va apenas una parte, falta todavía pagar mucho más. Desembolsar más recursos, lo repito, para no hacer nada siendo que la obra entera se hubiera podido financiar, llegado el caso, con dineros de la iniciativa privada. ¿No es algo demencial y totalmente absurdo? ¿No es en verdad preocupante? ¿No debiéramos señalarlo, denunciarlo y reprobarlo? El secretario de Comunicaciones declaró, luego de que el Gobierno decidiera parar la construcción, que no habían encontrado casos de corrupción. No recuerdo en estos momentos si luego se desdijo el señor pero así fuere que se comprobaran historias de turbios contratos y dudosas adjudicaciones, se castiga a los culpables y se les exige reparación, tan sencillo como eso. ¿Los terrenos adyacentes habían sido adquiridos, según se dice, por amiguetes de Enrique Peña para edificar hoteles y centros comerciales? Pues, se expropian: Obrador tiene todas las facultades para hacerlo.

Lo lógico entonces era dejar que los inversores construyeran la magna obra con su plata, que la Administración de Obrador se quedara encima con los terrenos del actual aeropuerto (zona federal y con un enorme potencial de inversión) para financiar adicionalmente a la 4Ty que, al final, todos ganaran: el Gobierno, el turismo, los taxistas, los inversores, las líneas aéreas, los comerciantes… Pero, no. Se detuvo la obra pretextando los resultados de una consulta contrahecha. Se va a construir, en cambio, un segundo aeropuerto más distante y menos funcional. Se hará una nueva refinería cuando tenemos seis que trabajan a medias. Se capitalizará a Pemex con los recursos escamoteados a la seguridad social, a la ciencia y a la cultura. Habrá un tren maya que trasportará la centésima parte de los pasajeros que iba a manejar el NAICM. Nadie quiere el fracaso pero este éxito de ahora está resultando muy preocupante.

revueltas@mac.com

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